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TIEMPO DE VENDIMIA
| Semana del 15 al 21 de octubre de 2005 |
![]() Recogida de la uva en una finca de Haro.
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A primera hora de la mañana la niebla oculta las riberas del Ebro. Los racimos de tempranillo todavía se cubren con un manto de rocío, que luego se evaporará sobre los secos surcos de los viñedos. En medio de la bruma se abren paso los tractores con remolque, donde cuadrillas de braceros descargan kilos y kilos de uva. Es una estampa que se puede disfrutar estos días en los campos de La Rioja, entregada al ritual de una vendimia que peina cada pueblo en el momento de mayor plenitud de un fruto que le proporciona una riqueza inagotable. Desde los tiempos de la insaciable filoxera que asoló las tierras de Francia, La Rioja, casi blindada contra aquella voraz y destructora plaga, mima su producción, moderniza el proceso de elaboración y abre sus bodegas al visitante, recibido con el olor dulzón del mosto. Luz, color, aroma... como el vino.
Paisaje, vino y piedras en un sentido obligatorio. El Gobierno de La Rioja mantiene despiertos los cinco sentidos en una iniciativa que se alarga ya diez años para ‘vender país’ y monstrar la amabilidad de este territorio. Tierra y gente de buena uva. Cualquier momento es bueno para acercarse a esta comunidad, pero el otoño ofrece un sabor especial ahora que despliega toda su paleta de colores. Viñedos que cambian del rojo al ocre pasando por el amarillo, tejados color tierra que se arraciman a iglesias de campanarios puntiagudos y sotos que se desnudan poco a poco. Lástima de esos ríos caudalosos, humillados ahora por una sequía que ha descubierto sus vergüenzas en forma de cantos rodados y ramas de aluvión sobre cauces acorchados.
Es tiempo de vendimia y en La Rioja el vino es una religión. Tires para donde tires, el territorio es una caja de sorpresas. La visita se inicia, en esta ocasión, en la Finca Valpiedra, cuyas fecundas 80 hectáreas se asoman en terrazas sobre los meandros del Ebro, junto a la muga con Álava. Un terreno privilegiado que recorre cada día Ana Martínez Bujanda, que habla con pasión porque lleva la viña en vena y destila amor por el vino. Fuenmayor, Cenicero... pueblos con historia que merecen una parada sin prisas.
El mundo del vino responde a una liturgia y tiene su propio lenguaje. Pronto se repiten palabras como lagos, despalilladoras, pagos, maridajes, taninos, maceración carbónica, fermentación maloláctica, mundo organoléptico, que terminan haciéndose familiares. Como en la Bodega Roda, donde el vino es atendido con mimos de geisha y consiguen un poderoso ‘Cirsion’ con investigación propia sobre polimerización de taninos y antocianos en uva. Agustín Santolaya oficia de sumo sacerdote y juglar para bendecir y cantar las excelencias del Rioja... y del aceite Dauro, que comparte mesa y mantel con los Nobel en Suecia.
Añadas en la 'capilla sixtina'
En Haro el vino lo impregna todo. En el barrio de la Estación, tan ligada al relanzamiento de esta industria, las bodegas marcan la arquitectura local. El imponente edificio del Banco de España evoca un pasado vinculado a inversiones y negocios. Es el caso de 'la Cvne', fundada en 1879, que acaba de celebrar sus 125 años, el mismo número de añadas que conserva en su cementerio de botellas, auténtico sancta santorum del complejo, su 'capilla sixtina'. Franceses despistados peregrinan a sus calados en busca de la cosecha que regó la boda del príncipe Felipe y doña Leticia.
En Haro la visita a las bodegas se comparte con el recorrido por el casco antiguo de la localidad, rica en patrimonio histórico. Lo mismo que en Briones, enclave medieval asomado al Ebro, que riega fértiles viñedos. Como los de Dinastía Vivanco, propietaria de un parque de 25.000 barricas, que acaba de abrir un espléndido Museo de la Cultura en el que recoge la aportación de las distintas civilizaciones al mundo del vino.
Un mundo vinculado también a las órdenes monacales y a los monasterios. «El vino, sabio en su medida, riega la ciudad de Dios», dejó escrito San Agustín. La ciudad de Dios se extiende por toda La Rioja. La ruta de los monasterios, por ejemplo, ofrece la oportunidad de conocer un legado de gran interés. La abadía de Cañas, impulsada gracias al mecenazgo de los López de Haro, señores de Vizcaya. Valvanera, santuario entrañable para los riojanos. Santa María la Real de Nájera, corte de reyes, y hoy sepulcro real. Hasta el próximo día 1 de noviembre se puede visitar la exposición 'Nájera, legado medieval', una buena excusa para recorrer este recinto gótico renacentista con piezas tan sobrecogedoras como la puerta plateresca del claustro o el retablo de nogal bañado en oro.
San Millán de la Cogolla, con los monasterios de Yuso y Suso, también es punto y aparte. El eremita que en el siglo V fundó aquí su pequeña comunidad poco podía imaginar el esplendor que alcanzaría su iniciativa siglos después. Los primeros balbuceos del castellano resonaron en este paisaje. Y los del euskera. También hay muchas referencias al vino, como las que salieron de la pluma de Berceo en el siglo XIII. Por eso, en esta ruta, hay paradas obligatorias en bodegas. En Badarán, David Moreno cultiva con amor de padre sus ocho hectáreas para elaborar un vino de autor, reconocido con prestigiosos premios. Una merecida recompensa a su arriesgada apuesta cuando, en 1981, colgó la bata de ingeniero en la Seat de Martorell y excavó en las paredes de su pueblo unos coquetos calados.
Bodegas, cultura e historia. El trinomio se repite en cualquier ruta. También en su extremo más oriental, en la Rioja Baja. Alfaro presume, y con razón, de su colegiata mudéjar, y Calahorra es toda una ciudad monumental. En Tudelilla –en terrenos de la familia Vivanco– se desentierran los restos de una antigua bodega, construida donde los eremitas del císter cultivaban la oración bajo la protección de San Bartolomé. Y el vino, muy apreciado en esta comarca, más seca y agreste. En Calahorra, un centenar de viticultores han unido sus fuerzas en la Cooperativa Dunviro y elaboran más de 20.000 litros de un caldo que despierta todos los sentidos.
Más hacia el interior, sobresalen otros pueblos. Arnedo, Quel Arnedillo –muy conocido por el balneario de aguas sulfurosas–, Enciso –visitado por las numerosas huellas de dinosaurios encontradas– y todo un racimo de pueblos que se diseminan por el Valle del Cidacos, donde los bosques roban el protagonismo para alegría de senderistas.
Camino de Santiago
Cameros da para mucho. Lo mismo que la sierra de la Demanda, a cuyos pies se cobija Ezcaray, de singulares calles porticadas. Muy cerca se escucha el trote cansino, pero decidido, de los peregrinos. El Camino de Santiago ha dejado una honda huella en esta comunidad desde que el rey Sancho III el Mayor lo apoyara. Santo Domingo de la Calzada, que cuenta con una soberbia iglesia del siglo XII, es una parada obligatoria. Siempre aromas de vino, trufados de evocaciones del mudéjar, del románico, del gótico, del medioevo o del renacentista. La viña se abraza a la piedra, a la historia, y se convierten en patrimonio común.
Sin olvidar la capital, Logroño, que, sin renunciar al pasado que simbolizan La Redonda y sus murallas, se lanza a tumba abierta a la modernidad. Riojaforum es un ejemplo. También lo es la Bodega Juan Alcorta, que ofrece un diseño vanguardista como envoltorio de una gigantesca iniciativa empresarial que gestiona más de 70.000 barricas. En Bodegas Ontañón también apuestan por el arte de la mano del malogrado artista Miguel Ángel Sainz. Su moscatel Riberas de Marco Fabio, envejecido en la propia cepa, es un apreciado néctar. La visita deja un recuerdo penetrante y un poso persistente. Como el vino.
El Gobierno de La Rioja mantiene desde hace 10 años la iniciativa 'El Rioja y los cinco sentidos' con un programa de música, danza, exposiciones y concursos en bodegas, que se convierten en espacios culturales.
Alojamientos
La comunidad dispone de numerosas bodegas que ofrecen alojamiento. En más de una veintena también se puede comer.






