Además, se han topado con un encajonamiento para los enterramientos realizado en el XVIII, es decir, una alineación de las tumbas en lotes o parcelas pertenecientes al difunto o su familia. Esta distribución en perfecto orden permite distinguir entre feligreses y sacerdotes. Mientras los primeros están enterrados en dirección al altar, los curas como pastores de la Iglesia miran a su 'rebaño', porque así lo mandaba el Concilio de Trento.
En muchas de las fosas se encuentran restos de cal, una medida higiénica de la época, y sobre todo han aparecido numerosos platos de cerámica. En otras, se pueden apreciar trozos de madera de lo que fueron los ataúdes, en los supuestos en los que se inhumaron en cajas.
Como en anteriores excavaciones, el objetivo es llegar a la cimentación para conocerla hasta el último detalle y, en función de sus características, aplicar los tratamientos arquitectónicos más idóneos para garantizar la estabilidad del templo.
Al museo
Todo el material que se recoja -incluidos los esqueletos- irá al Museo de Arqueología, ya que así lo exige la ley. «Hay que sacar los enterramientos porque generan sales y de lo que se trata es, precisamente, de sanear el subsuelo», señala el coordinador de las excavaciones, Alberto Plata.
Hasta que los muertos abandonen el templo, los visitantes tienen la oportunidad única de verlos en sus tumbas. Un total de 56.000 personas ha recorrido las obras en este primer semestre. «Estamos en el límite máximo que es compatible con la obra, pero vamos a poner todos los medios para que nadie se quede sin ver una excavación 'in situ'», promete el director gerente de la fundación Santa María, Gonzalo Arroita.









