Nunca se hará la estadística sobre la alarma de atentados, por la sencilla razón de que los atentados que se quedan en proyecto no salen en los periódicos, salvo los que redundan en publicidad para la desbordada policía, como el de la terminal del Aeropuerto Kennedy, que fue evacuada y luego, por fortuna, no pasó nada y no subieron al cielo los pasajeros que estaban cerca de él.
Eso de que los terroristas no vistan uniforme dificulta mucho la lucha. Ellos saben quiénes son los que intentan capturarles, pero los capturadores carecen de pistas. Un suicida de esos que les han metido en la cabeza, practicándoles un orificio en el turbante, que les va a recibir el Profeta con un vaso de hidromiel, que viene a ser como un gin-tonic para los creyentes de otras religiones no menos verdaderas, es un tipo irreductible. En cambio, los policías tienen un reducido sueldo. O sea, que mientras no se gane la batalla tenemos todas las de perder. No por eso debemos renunciar a viajar, pero al menos debieran garantizarnos el billete de vuelta.











