
El fallo judicial contra los acusados por el mayor atentado terrorista ocurrido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial no se conocerá antes de cuatro meses, pues los magistrados prevén que sus deliberaciones y la redacción de la sentencia se alargarán, al menos, hasta octubre próximo.
La última sesión del juicio terminó pasadas las diez y media de la noche, con la sala de vistas repleta de abogados y público. La tensión y el nerviosismo acumulados fueron palpables entre las víctimas presentes, y en algunos momentos se tradujeron en comentarios y susurros de desaprobación a las intervenciones de los sospechosos, que fueron cortados de inmediato por el presidente para evitar incidentes más graves. Pidió que se mantuviese el orden para no verse obligado a desalojar la sala.
El primero en salir de la 'pecera' para hacer uso de su derecho a la última palabra fue Jamal Zougam, presunto autor material de los atentados. Como si no se fiase del informe que su defensor acababa de terminar, leyó durante 40 minutos las varias decenas de folios manuscritos que preparaba, como otros procesados, desde hace días y que había revisado durante la mañana.
«No tengo nada que ver con el 11-M, soy inocente y pido justicia, pero no justicia como venganza, porque en la causa no hay nada que demuestre que tengo algo que ver», aseguró el procesado, una autoexculpación que luego repetirían los demás. Negó ser seguidor de 'Abu Dahdah', ex jefe de Al-Qaida en España, rechazó haber puesto bombas en los trenes e indicó que todo lo que se ha dicho contra él son «barbaridades y mentiras».
Zougam quiso aclarar por qué el 15 de marzo de 2004, cuando llevaba dos días detenido en los calabozos de la Audiencia Nacional, preguntó a un forense quién había ganado las elecciones generales el día anterior. «Creía que si los atentados habían afectado a los resultados de las elecciones íbamos a tener problemas, y así fue», explicó.
El segundo de los presuntos autores materiales sentados en el banquillo, Abdelmajib Bouchar, aseguró, pese a la importante cantidad de pruebas que obran en su contra, que condena los ataques del 11-M y «todos los atentados terroristas de todo el mundo». Insistió en que es inocente y negó que él subiera a los cercanías para causar la masacre.
Zouhier se contradice
La intervención más extravagante fue, como se preveía, la del confidente Rafa Zouhier, acusado de poner en contacto al comando islamista con la trama asturiana que presuntamente proporcionó los explo- sivos. Este personaje histriónico ocupó más de 35 minutos en reiterar que es inocente, que avisó sobre el tráfico de explosivos meses antes de los atentados y que sólo se metió en este asunto para ayudar. «Hice todo lo que estuvo en mis manos para evitar los atentados», sostuvo. «Si la Guardia Civil hubiese usado la información no habrían ocurrido», repitió al menos una docena de veces, antes de preguntarse: «¿Cuántas veces he de avisar que vendían explosivos para que hiciesen algo?».
Como ya le ocurrió en su declaración inicial, tanto y tan rápido habla que terminó por decir cosas en su contra. La frase «Yo he avisado de una cosa para salvar vidas, porque si (la Goma 2) hubiera sido para cortar árboles no habría avisado», cuadra mal con su reiterada afirmación de que no sabía para qué quería los explosivos el jefe del comando islamista, Jamal Ahmidán, 'El Chino'. Tampoco le va a ayudar mucho en su futura estancia en prisión el recordatorio-confesión de que «avisé de las mismas personas que están ahí», mientras señalaba a la 'pecera'.
Los tres presuntos jefes terroristas internacionales, imputados como inductores, prácticamente no dijeron nada. Youssef Belhadj, presunto portavoz de Al-Qaida en Europa, rechazó hablar. Mohamed 'El Egipcio' sólo le pidió al tribunal que «aplique justicia». Y Hassan el Haski, presunto responsable en el continente del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), dijo ser «totalmente inocente». Negó ser un terrorista y su relación con el 11-M, rechazó que pertenezca al GICM y, como demostración de su inocencia, indicó que de los procesados «nadie me conoce, no han mencionado mi nombre».
Los nueve miembros de la llamada trama asturiana, supuestamente liderados por el ex minero Emilio Suárez Trashorras, por consejo de sus defensores prefirieron no hacer uso del derecho a la última palabra, que no suele traer beneficios al procesado y, en cambio, ha servido muchas veces para aumentar las pruebas en su contra. Sólo Antonio Toro leyó dos frases para puntualizar que algunos hechos en su contra no eran ciertos.







