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Política

ANÁLISIS
A solas con la tragedia
03.07.07 -
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Con los informes orales y la última palabra de cada acusado, los tres magistrados que forman el tribunal del 11-M se enfrentan desde hoy, ellos solos, al enjuiciamiento más grave nunca antes asumido por la jurisdicción española. Por mucho que los letrados y el fiscal hayan puesto de su parte cuanto les permitiera su capacidad de convicción y exposición, y por mucho que los acusados quisieran conmover al auditorio con su último alegato, al final todo queda en manos de tres jueces, a los que la ley sólo exige -y no es poco- resolver en conciencia. Y esto no es otra cosa que formarse internamente un juicio sobre los hechos y las personas acusadas, a partir de las pruebas practicadas durante las cincuenta y siete sesiones de la vista oral. Los convencidos por los testimonios, las pericias y los documentos tendrán que ser los tres magistrados, no los medios de comunicación, ni la clase política, ni la opinión pública. Cuestión distinta es que todo juez debe hacerse entender -al menos, debe intentarlo- por la sociedad a la que sirve, mediante resoluciones motivadas y comprensibles, porque de esto -de generar confianza entre los ciudadanos- depende también la legitimación de la justicia. Pero los jueces no pueden aspirar a que todos estén siempre de acuerdo con sus decisiones. Lo que cabe esperar de esta sentencia, por tanto, es una decisión enmarcada únicamente en los límites de la vista oral, blindada frente a los juicios paralelos que se han desarrollado, preparada para resistir lecturas sesgadas, y bien motivada y argumentada para enfrentarse a los recursos que se interpondrán contra ella.

Los informes orales del fiscal y de los abogados deberían servir para que los magistrados puedan ver, al mismo tiempo, el bosque y los árboles; esto es, simultanear la visión de conjunto y el detalle de cada comportamiento. Como ha sido norma de este juicio, ha habido informes para todos los gustos, pero sólo tendrán posibilidades de influir aquellos que se hayan correspondido con su finalidad, que es la de proponer al tribunal una sentencia, de condena o de absolución. Por eso son poco eficaces las frases con vocación de celebridad o la retórica efectista, que de todo ha habido, salvo que el orador estuviera pensando más en la repercusión en los medios que en convicción interna del juez.

Sobre la mesa quedan multitud de pruebas directas e indirectas, peticiones de nulidad, testimonios contradictorios e inequívocos, indicios de cargo y de descargo, periciales con y sin resultados concluyentes. Piezas todas de un rompecabezas en el que, como advertía el juez instructor en sus últimos autos, hay espacios en blanco. Por eso no es ningún demérito de esta causa que vayan a celebrarse nuevos juicios, porque hay responsables fugados, otros están localizados en el extranjero y alguno, incluso, acaba de ser entregado a las autoridades españolas. Ahora bien, serán juicios de mucha menor trascendencia, en comparación con el que término ayer, el cual sí ha producido ya un hecho probado: los únicos que fueron tratados como 'negros en Alabama' no han sido los acusados -aunque lleguen a ser absueltos- sino las víctimas de los trenes, asesinadas por una jauría de fanáticos.
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