La polémica alrededor de la banda terrorista relegó a un lugar menor el resto de cuestiones

El último debate sobre el Estado de la Nación de esta legislatura fue el más desabrido de los tres que se han celebrado. Rodríguez Zapatero y Rajoy no escatimaron reproches, críticas y hasta velados insultos. Recordó a los duelos del último mandato de Felipe González con José María Aznar al timón de la oposición, y aunque no se llegó al 'váyase señor González', Rajoy reclamó una expulsión democrática, fraguada en las urnas, de Rodríguez Zapatero.
El jefe del Ejecutivo trató de llevar el debate por los derroteros de la economía, las políticas sociales y los avances en derechos ciudadanos, pero el líder opositor no entró a ese capote. Buscó desde el primer momento, convencido de que es el flanco débil, las explicaciones gubernamentales sobre las presuntas negociaciones con ETA. Y tanto insistió en ese camino que sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito. Rodríguez Zapatero dejó de lado cifras, datos y propuestas para saltar al ruedo de la lucha antiterrorista. Nadie puede decir tras este debate si el frágil consenso antiterrorista alcanzado tras el final del alto el fuego sigue en pie.
El presidente del Gobierno se regodeó en «el tristísimo balance» de la oposición desarrollada por Rajoy, que comenzó la legislatura con ETA como ariete contra el Ejecutivo y la termina de igual forma, con «cero propuestas» en los demás terrenos a lo largo de estos tres años y «cero lealtad» al Estado en la lucha antiterrorista. Remachó hasta el cansancio que nunca antes un gobierno sufrió una oposición con un monotema en la mochila. No es de extrañar, dijo, que Rajoy con esta actitud haya «decepcionado a muchos», y aunque admitió que esperaba una oposición crítica, confiaba en que fuera «leal» en materia antiterrorista como la que se preció de haber ejercido en sus cuatro años en la oposición.
El presidente del Gobierno no dejó escapar la oportunidad de castigar a su interlocutor por la legitimidad de su liderazgo, alcanzado sólo por la voluntad de su predecesor. Echó en cara a Rajoy que en lo que va de legislatura se haya dedicado a «administrar el resentimiento de otros» y a satisfacer a «quien le designó», en obvia alusión a Aznar. Ha concentrado tantas energías en esta tarea, prosiguió, que ha sido «incapaz de poner en pie un proyecto político propio y por eso le salen sucesores». Una andanada dirigida a los supuestos intereses sucesorios de Alberto Ruiz-Gallardón, Esperanza Aguirre o, incluso, Rodrigo Rato.
El jefe del Ejecutivo adobó estos comentarios con reproches al estilo «faltón y despreciativo» de su contrincante, y a su tono «apocalíptico y tremendista» con el que ha tratado de camuflar el erial de propuestas alternativas. Pero Rodríguez Zapatero no se quedó ahí, se vio que tenía ganas de mantener un cuerpo a cuerpo y apeló a la ironía para despedirse de su rival. Recordó que éste era el último debate que iban a mantener antes de las elecciones, «y no lo digo por mí, lo digo por usted». Una forma de augurar la derrota del PP en las urnas y la defenestración de Rajoy.
Jarabe
El líder de le oposición intentó que el presidente del Gobierno probara el jarabe que él mismo y su partido saborearon tras los atentados del 11-M: el de la falta de credibilidad, el de las mentiras. Rajoy machacó y una otra vez con «las mentiras a todos los españoles» de Rodríguez Zapatero sobre las presuntas negociaciones y acuerdos con ETA.
Reclamó sin descanso «las actas» de las conversaciones con la organización terrorista para que se sepa la verdad de lo hablado, y si no se hacen públicas la única salida es el adelanto electoral. El presidente del Gobierno, como quien oye llover, se limitó a decir que su «voluntad» era agotar la legislatura.
Rajoy también echó mano de los epítetos y censuró la «actitud tabernaria» del presidente del Gobierno en el debate, así como la «indecencia» de dialogar con ETA y esconder después el contenido de las conversaciones. Hizo suyas sin pestañear todas las informaciones divulgadas por medios de comunicación próximos a Batasuna y exigió respuestas a cada uno de los datos difundidos porque los desmentidos gubernamentales son, a su juicio, papel mojado. «Su palabra ya no vale, ha perdido el crédito», tronó el líder opositor.
En este intenso rifirrafe planeó la sombra de Navarra, la prueba de fuego, según el presidente del PP, de las verdaderas intenciones de Rodríguez Zapatero. Afirmó que si los socialistas gobiernan con Nafarroa Bai será un guiño a ETA, pero si permiten que Unión del Pueblo Navarro siga al frente del Ejecutivo foral será un gesto de sentido común y cordura.
Navarra
El presidente del Gobierno rechazó la disyuntiva por «maniquea», exigió una «rectificación a fondo» y colocó «la dignidad» de los socialistas navarros por encima de los apetitos «de poder» del PP. Una receta que fue premiada con una cerrada ovación del grupo socialista puesto en pie, ministros incluidos.
En este clima, cuestiones como Líbano ocuparon un lugar menor, pese a los intentos de Rajoy de equiparar la situación con la de Irak. Y si la misión en ese país fue relegada a un papel secundario en el debate entre Rodríguez Zapatero y Rajoy, la economía, la educación, el medio ambiente o la vivienda, por citar algunos capítulos, se perdieron en los meandros de la irrelevancia.







