
A pesar de su maltrecho estado, Masó explicó que del momento del atentado sólo recuerda que el conductor de su coche le cayó «literalmente encima» por la explosión. Después sintió que todo su cuerpo se cubría de los cristales de la luna del coche «hasta que perdí el conocimiento».
Su mujer, Marta Borrell, de 54 años, también impartía clases en un colegio público. «Era muy afable, muy buena maestra», recordaba ayer la directora del centro. «Este viaje le hacía mucha ilusión, lo llevaba planificando mucho tiempo. La semana pasada nos confesó que al final había podido convencer a su pareja para ir al Yemen», se lamentó. También sus compañeras confirmaron su preferencia por los lugares lejanos y exóticos. «Habíamos comentado en broma que siempre les gustaba ir a sitios complicados», apuntaban, tras asistir una concentración de protesta convocada ayer por el Ayuntamiento de Gerona.
Otros dos de los siete fallecidos residentes en Cataluña son el matrimonio formado por Antonio Pomés Tallo y María Teresa Pérez Urbago, natural de Burgos. Según explicaron sus vecinos, el hombre era un empleado bancario prejubilado y ella profesora, y vivían solos en un piso del distrito barcelonés de Nou Barris. Tenían una hija, Gemma, una joven que trabaja en Televisió de Catalunya. «Eran unas bellísimas personas, muy educados. Tenían mucha experiencia en viajes, que sobre todo hacían por motivos humanitarios y solidarios», señaló una de sus vecinas, María Carmen Domínguez, consternada por la noticia.
María Isabel Arranz Bocos y Gabriel Tortosa Ortega son el segundo matrimonio que ha dejado la vida en Yemen. Ella era maestra de Primaria; él un ingeniero de Telecomunicaciones empleado en Telefónica. No tenían hijos y el mes que viene habrían celebrado su tercer aniversario de boda. Un tío de María Isabel recordaba ayer que «sus padres intentaron quitarles la idea de la cabeza, porque el país es muy peligroso. Pero ella era muy aventurera, ya había estado en Egipto, Jordania o Siria». Los padres de la chica, de 38 años, recibieron la noticia en la localidad vallisoletana de Bocos de Duero, de donde eran oriundos y a donde se desplazaban todos los veranos para pasar las vacaciones. Desde que a las seis de la tarde comenzaron a salir las primeras noticias intuyeron lo peor. Sin embargo, la Embajada no les confirmó la muerte de su hija hasta las dos de la madrugada; no les pudieron localizar antes.
«Nadie me ayudaba»
La séptima integrante de la expedición es una doctora barcelonesa, Julia Vilaró Rodríguez, que viajaba sola y resulto herida. «Estaba mirando las fotos en mi cámara cuando de repente sentí la explosión; creí por un momento que la cámara me había explotado entre las manos», relataba ayer la mujer, que tiene una pierna fracturada por tres lugares distintos y cortes por todo el cuerpo.
«Los policías iban arriba y abajo, abajo y arriba, no sabían ni qué hacer; y yo ahí metida dentro del coche, llena de cristales en la cara, sin poder abrir la puerta. Hasta que uno se dio cuenta y me vino a ayudar», relató, aún con el miedo metido en el cuerpo.










