Es normal el tira y afloja entre un artista y un museo cuando se desarrolla un proyecto expositivo complejo, en el que pueden entrar en colisión las pretensiones del creador con los plazos y los presupuestos de la pinacoteca. Y si esto es así por regla general, mucho más lo es cuando se trata de una producción propia del museo, esto es, una exposición de encargo con obra creada específicamente para la ocasión. Obviamente, en este caso el tema tiene otra complicación más, ya que el encargo de la exposición de Morquillas fue aprobado por la anterior dirección del centro, con lo cual nunca es fácil lograr un similar entusiasmo con respecto a una muestra aceptada hace ya cinco años.
En todo caso, y aun siendo frecuentes estos problemas, lo lógico es que las desavenencias se ventilen en la negociación. Por contra, la cancelación del proyecto no hace sino reflejar defectos y problemas para todos. Para el museo, desde luego, ya que se le crea un hueco importante en su programación y encima se pone en evidencia su impericia a la hora de gestionar el proyecto. Para el artista, también, porque ni su actitud beneficia su imagen, ni la cancelación retribuye su trabajo. Y para todos, por supuesto, porque nos quedamos sin ver la obra singular de un artista tan interesante como corrosivo y subversivo.