El otro día leí no sé dónde al actor Álex Angulo, el Blas Castellote de 'Periodistas', que las series de televisión pierden credibilidad cuando se convierten en «fábricas de capítulos». Está muy bien visto: «Fábricas de capítulos» es exactamente la definición que mejor cuadra a 'Círculo rojo'. Y eso que aquí estamos ante una serie presuntamente cerrada de antemano a los 19 capítulos, sin expectativas de prolongación. Pero eso demuestra hasta qué punto la historia es artificial: la mitad del metraje sobra. Y si sobra, ¿por qué se estira? Porque no está al servicio de lo que se quiere contar, sino al del periodo de antena que se propone cubrir.
Esto es bastante tremendo, porque supone un trastorno absoluto de los criterios creativos más elementales. En literatura, como en música, hay historias largas, medias y cortas; cada cual exige su propio estilo. En la tele, por el contrario, da la impresión de que los productos han de cortarse por el patrón del horario, con lo que las historias dejan de tener sentido. El problema no es sólo televisivo, por supuesto: hay editoriales que encargan a sus 'firmas estrella' novelas de 600 páginas para vender en verano; si la historia no basta, se estira. El libro acabará por ahí tirado, pero eso a la editorial le da lo mismo, porque ya ha vendido el libro.
Del mismo modo, a la cadena de televisión le da igual que el producto sea objetivamente infumable, sobre todo si logra cuotas del 15%. Y si para estirarlo tiene que empezar a dar giros demenciales, pues vale. De lo que se trata es de que haya producto, aunque no haya historia. Es su negocio, así que ellos sabrán. Pero al que sólo es espectador, le da un poco de pena ver dilapidado el talento de los actores en cosas así.











