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Puede haber a estas alturas de la película alguien que no crea en la magia? El otro día nos enteramos de que el niño que va dentro de Harry Potter, el actor, ya es un hombre, acaba de cumplir los dieciocho años. ¿Felicidades Daniel! Ningún medio de comunicación ha pasado por alto el detalle de que ahora puedes acceder a tu fortuna de cuarenta millones de dólares. No es para menos. Aunque, con esa cara de monaguillo de Greenpeace que tienes, no sé, igual a ti lo que realmente te hace ilusión es que la recién adquirida condición de adulto te permite votar en las elecciones de tu país. A ver, Daniel, que lo de votar está bien, pero no tiene mucho mérito, lo podemos hacer todos. Tú, sin embargo, puedes hacer trucos inalcanzables para la mayoría de mortales, como darle la paga a tu padre, por ejemplo. O no tener que pedir siempre el vino de la casa en los restaurantes caros, y ese tipo de cosas.

Además, has creado estilo propio, haces los trucos como si fueras guipuzcoano, sin darte ninguna importancia; tu amigo el pelirrojo tiene otra escuela, es más echado para adelante, como del centro de Bilbao, se le queda pequeña la varita. ¿Y qué me dices de tu última película, pillín? Allí estabas tú, como un campeón, dándote un pico largo con una chica que podría ser sobrina de Hirohito, eso sí que es magia y no lo del Copperfield, por mucho vuelo que se pegue. A ver qué chaval de diecisiete años en Euskadi, con gafas y sin probar alcohol, puede contar algo parecido. Yo di el primer beso a los venticinco años, y el segundo espero que llegue pronto. Al final, amigo Potter, ha resultado que pasarte la infancia entre sombras, lechuzas y escobas voladoras, no es un mal negocio. Por lo menos llevas mejor carrera que el mago Tamariz, toda la vida escondiendo ases en la manga y no le llega ni para comprarse el violín. Pasen buen día.
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