
Nunca supo por qué se fijó en él. «Ella me sacaba siempre a bailar. No entiendo por qué me prestó esa desmesurada atención. Quizá fuera porque lo inalcanzable del amor forma parte del enamoramiento». Aquel verano fue «espléndido». Pasaba el día esperando el momento de pisar ese jardín, «que era un paraíso al que uno entraba por la tarde y del que tenía que irse por la noche». Ella le hacía confidencias, le contaba «las canalladas» que le hacía su novio. Él era un chico «muy reservado» que escribía cuentos policiacos y canciones. «Nunca se los enseñé ni escribí sobre ella». No empleó la literatura como arma amorosa. «Sólo utilizaba mi propio encantamiento. Y me imagino que eso era lo que a ella le gustaba de mí: la iluminación que yo sentía al verla».
A finales de verano se lanzó. «Cuando se acercaba el momento de marcharme del pueblo, por fín, me decidí a decírselo. Me explicó que tenia novio, que yo era un crío encantador y encontraría una niña de mi edad. Lo de siempre en estos casos». En aquel momento la emoción se desbordó. «Lloré y ella me secó las lágrimas». Un amigo le vio y le echó una bronca tremenda. «Me dijo que era idiota; que el novio de ella era un hombre con una pinta imponente de energúmeno». Un galán que, sospecha, estaba más que harto de «aquel niñato» que bailaba con su pareja. El disgusto pasó pronto. «Aquello era una bendición, no una maldición. Recuerdo con muchísimo cariño aquellas tardes, lo que sentía cuando la encontraba».
Terminaron las vacaciones y el embeleso. «Al cabo de bastante tiempo volví a encontrarla». Fue en los años 80. Él viajaba de Málaga a Almería y paró en Casteldeferro. «Almorcé en el hotel. Ella comía con unos familiares en la mesa de al lado. La estuve oyendo hablar. No me reconoció. Si me reconoció, hizo lo mismo que yo: fingir que no lo había hecho». No irrumpió en aquella conversación ni se hizo notar. «Simplemente la estuve oyendo. Y ya está. La miré con profundo agradecimiento».
«El dolor no fue malo»
Aquel buen amigo que le llamó «idiota» por enamorarse de ella sigue siendo su amigo. Pero nunca han vuelto a hablar del tema. «Fue una de las pocas veces que he sido bendecido con la aventura del amor. En el enamoramiento, tiene que ser generoso quien enamora y quien se enamora». Lo demás, dice, no es amor, sino martirio. «Sufrí mucho y me marché de allí llorando. Pero el dolor no fue malo». Cada vez quedan menos pruebas de aquel amor. «Todo ha sido arrasado. Ya no existe aquel hotel, los jardines fueron borrados del mapa. Han construido encima. Es como si las cosas no fueran». Pero a Justo Navarro le queda la memoria. «Y siempre recuerdo a aquella niña».







