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Sicilia
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Empiezo el verano en Sicilia, donde merezco la pena capital y el peor averno sulfuroso por no visitar el templo dórico de Segesta, la dedicatoria a los Dioscuros en Agrigento y la formidable catedral de Cefalú, joya sin par del románico siciliano. Pero la verdad es que a mí me pasa lo mismo que a Winston Churchill o a Somerset Maugham, maestros del turismo inmóvil y placentero, cuya afición por los bares y los grill de los hoteles sicilianos superaba ampliamente su pasión por las bellezas arqueológicas, los mosaicos romanos o el mármol travertino.

En eso, en semejante dedicación beoda y gastronómica, el mejor hermanamiento siciliano con los dos ingleses ilustres se puede concretar en la terraza del hotel Timeo de Taormina, donde las maravillosas pero inquietantes vistas del Etna humeante se refrescan al anochecer con uno y dos gin tonic o, si no, con la simple mirada a una vecina de mesa que se parece a Monica Belluci. Lo mismo pasa con la vista inferior a toda la bahía de Giardini Naxos, cuyo deleite se acrecienta con la compañía de la grappa di moscato, un digestivo especialmente bueno si el condumio es copioso, pero también si no lo es.

Y no doy más pistas, no, porque hace bien poco un conocido magnate siderúrgico tuvo que ser apercibido por los carabinieri tras haber permanecido siete días y siete noches en la terraza del hotel Timeo, entregado de cuerpo y alma a las vistas panorámicas y al delirio de un súbito amor por la grappa de moscato en todas su variedades y colores, con sus orujos y hollejos, con su pureza traslúcida y, cómo no, con su efecto vacilón.
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