
Antes de la era de la postmodernidad, ésa que los blusas datan en los primeros 50, apenas tres cuadrillas de amigos -Los Barbies, Los Txismes y Los Tímidos- se calzaban la blusa de aldeano para, a toque de txistu y tamboril, animar el cotarro durante las fiestas de La Blanca. Después, llegaron Los Bainas, Los Desiguales, Los Martinikos, Los Biznietos de Celedón... No más de media docena. Pero bien avenidas.
«Éramos cuadrillas de amigos. Nos reuníamos en bares como El Parral o El Moreda y para hacerlo teníamos que pagar 125 pesetas en concepto de impuesto de reunión. Y controlados por policías de paisano», recuerdan Enrique Ramos, Carlos Carcedo y José Ignacio Martínez de Albéniz, todavía en activo dentro de Los Bainas. «Los jóvenes -apostilla Rafa Arocena, antiguo Baina, ex presidente de la Comisión de Blusas, y fundador de Petralak en el año 79- no tenéis ni idea de lo que hemos tenido que pasar nosotros». «Gracias a Dios», le responde Iñaki Gutiérrez, 23 años, de Nekazariak. En eso, tiene razón. Sin embargo, con la llegada de la democracia, las cuadrillas se masificaron, libertad se confundió con libertinaje y veteranos como Arocena, Luis Mari Arroyabe e Ignacio Isasi aprovechan ahora la ocasión para retrotraerse al pasado y reivindicar la tradición.
«Ha cambiado el concepto, el sentimiento del blusa, porque los tiempos también han cambiado. Las cuadrillas se han convertido en cuadrillas de cuadrillas que apenas se conocen de vista. Y si no sois amigos no tenéis nada que hacer». Lectura de veterano. De Isasi, para ser exactos. Arocena la suscribe, pero da un paso más en el análisis para adentrarse en otra de las raíces del problema, ésta de carácter económico. «Con la llegada de las charangas, los precios se dispararon y las cuadrillas comenzaron a sentir una necesidad imperiosa de atraer socios para hacer frente a los costes».
Las matemáticas no engañan y ahí están las cifras que justifican su tesis. Hace 34 años, ser blusa suponía un desembolso anual de 3.500 pesetas; en 1979, la cuota rondaba las 9.000 'rubias'; en 1993, la tasa ya se había duplicado y, a día de hoy, no baja de los 200 euros. Y sin toros. ¿Conclusión? «Lo que ha roto todo ha sido la música». Y es que, contratar una charanga les sale a las cuadrillas por más de 6.000 euros. Ahí es nada.
Subvención y «trabas»
Llegados a este punto del debate, la palabra subvención no tarda en salir a luz. Y los jóvenes revientan. «Sí, el Ayuntamiento nos da 3.000 euros a cada cuadrilla, pero los precios son desorbitados y cada uno de nosotros se ha tenido que buscar la vida contratando publicidad, por ejemplo», expone Víctor Carnero, 32 años, de Zintzarri. «Además, el Ayuntamiento nos pone mil trabas. ¿Cómo vamos a animar la ciudad si en 500 metros a la redonda se instalan cinco verbenas diferentes? Por no mencionar detalles, como el de que contratemos un escenario y te lo instalen sin escaleras».
Con todo, y por más que la herida escueza, jóvenes y veteranos reconocen que los blusas están perdiendo protagonismo en las fiestas de La Blanca. Y en la tarta de la responsabilidad, todos pillan cacho. «Animar el ambiente en el centro se ha hecho imposible porque la oferta es excesiva y en el Casco Viejo no hay quien entre por las noches», arranca a explicar Iñaki Gutiérrez. «Pero vosotros tampoco habéis sabido venderlo», le interrumpe Rafa Arocena.
«En mi opinión, el problema es la falta de implicación y de compromiso de los blusas de hoy en día», remata Ignacio Isasi. Paseíllos como los del pasado día de Santiago le dan la razón. La cada vez «menos respetada» autoridad de la Comisión y de los responsables de cada cuadrilla, también.
«Las reuniones de la Comisión se han ido deteriorando. Antes iban los jefes de cuadrilla, ahora, ni eso. Y los acuerdos o las decisiones que se alcanzan no sirven para nada. Falta apoyo y respeto a los presidentes», critica Luis María Arróyabe, responsable de Belakiak desde su fundación en 1979. A los jóvenes les ha costado pasar por el aro pero, al final, se lanzan a hacer autocrítica.
«A veces se nos olvida que tenemos derechos, pero también obligaciones. Sin embargo, muchos se niegan a colaborar y, al final, somos seis o siete los que tiramos del carro», coinciden en señalar Iñaki Gutiérrez y Aingeru Olarte. «Mirad si hemos llegado a ser vagos que ahora nadie se presta a llevar las pancartas en los paseíllos». «¿Y lo de llevar la blusa atada a la cintura? Eso no está permitido, pero muchos se lo pasan por el forro».
Ninguno quiere creer a Isasi cuando asegura que «ya no hay remedio» y que «todo se ha convertido en un Carnaval», así que -necesidad aprieta- improvisan una posible receta para recuperar el orgullo herido: «los blusas no pueden perder el protagonismo en La Blanca, pues ésta no se entendería sin ellos, pero ellos deben dejar de erigirse en demasiado protagonistas». Pues eso.









