
En las lides amorosas nunca se mostraba neutral. «Era bastante enamoradizo. Tenía claro que necesitamos a alguien afín que nos comprenda. Intentaba buscar un cómplice sentimental». No se dejaba llevar. Elegía con quién quería estar. «Era ligón, pero no me gustaba aventurarme demasiado rápido. Prefería conocer primero bien a la persona». De los veranos adolescentes recuerda más las juergas que los amores. «Nos colábamos en discotecas y bares en los que la entrada a menores estaba prohibida». Para sortear al portero, iban con el hermano mayor de algún amigo. «Antes ya habíamos quedado en alguna de nuestras casas para tomar copas y cervezas. Era un mundo nuevo. Estabas hasta las mil bailando y conocías a otras cuadrillas. Era una aventura».
Había broncas por llegar tarde a casa. Mejor dicho, temprano. «Aparecía a las 7 u 8 de la mañana y, a veces, mis padres se estaban levantando para ir a la playa. Al día siguiente salías de nuevo, con muchas ganas, energía y rebeldía».
Escapada de urgencia
No era de los que desaparecían de viernes a domingo. «Pero estaba de marcha todo el fin de semana. Llegaba a casa, descansaba y volvía a salir. Así que iba muy servido». Peinaban la noche vitoriana. «Y nos cogíamos unos 'cebollones' tremendos. Ésas eran las batallas más fuertes».
Adjudica su mayor flechazo veraniego a Cristóbal Balenciaga. «Hubert de Givenchy dio un curso sobre él en el Palacio Miramar de San Sebastián. Fue en 1996». Se apuntó. Necesitaba una escapada con urgencia. «Quería desconectar de Bilbao. No estar en las mismas calles ni con la misma gente». Siendo muy pequeño descubrió al modisto de Getaria en la revista 'Vogue'. «Luego vi alguno de sus modelos en la Escuela de Diseño de Bilbao. Me pareció distinto y refinado, con mucho arte, intemporal, sutil». El cursillo le impactó. «Analizamos la obra y los entresijos del diseñador. Estaba fascinado. Veías sus trajes. De novia, de chaqueta, de tarde. Los podías tocar. Se mezclaban muchas emociones. Es difícil de explicar. Balenciaga sigue siendo mi diseñador favorito. Ahora lo admiro más».
Si alguna vez ha tenido un amor de verano ha sido «por casualidad». Ion Fiz recuerda sus 15 años con ironía. «Nos creíamos lo más de lo más, lo mejor del mundo. Al mismo tiempo éramos muy inocentes. Queríamos hacer un gran viaje al Sur, ir de camping, escaparnos a los Sanfermines. Todo era broma y fiesta». Si diseñara un modelo que simbolizara su adolescencia, lo haría atrevido, juvenil y con colores muy vivos. «Sería azul y verde, con pinceladas negras por el punto gamberro que teníamos: nos gustaba más la noche que de día».







