
«El circo les aburre. Para ellos tiene más interés ver un conejo que un tigre o un elefante», cuenta el trapecista como si tal cosa desde el modesto salón-cocina de su caravana, a poco menos de media hora de salir a la pista para sobrevolarla a pelo.
Antonio va al cole -uno con ruedas- con otros doce hijos de domadores, payasos, o funambulistas. Y cuando sale, entrena con su padre. «Stand up» (ponte de pie), le pide en inglés. El chaval le obedece con desgana, da un fugaz giro en el aire sobre el sofá-cama, y vuelve a despatarrarse frente a la tele. «Si de mayor le gusta, no me importaría que llevara esta vida. Si destacas en lo tuyo y llevas un buen número, tienes trabajo asegurado y se paga bien», afirma con acento anglosajón este irlandés de apellido García.
-«Entonces, ¿no se imagina ocho horas diarias en una oficina vendiendo, por ejemplo, seguros?» Pablo ríe y arruga el ceño con gesto de desagrado. «No, no me veo. Me gusta la libertad que te proporciona esta vida. Además, das la vuelta al mundo gratis», apunta con cierta ironía.
Dos caravanas más lejos, Carlos Alberto de Jesús aparece a medio camino de convertirse en Charli Carletto. Nunca ha «probado la vida normal» y, aunque no cree que «lo aguantaría», admite que le gustaría. Tiene una casa con cimientos en Coslada, Madrid, pero todo lo más que ha pasado en ella es tres días seguidos. El circo no para nunca y el payaso tampoco. «Nadie está contento con lo que tiene ¿no? Así es la vida», ataja.
-«¿Y está de humor hoy para hacer reír?» «Sin duda es más fácil hacer llorar que reír», aclara antes este barcelonés, de padres lusos, con acento italoportugués. «Yo soy un tipo serio de normal, callado y bastante reservado. Pero aunque esté aburrido o renegado, en cuanto se abre la cortina y salgo a la pista se me olvida todo y disfruto. Es algo así como Doctor Jeckyll y Mister Hide», resume.
El humor del payaso
Cerca de allí, Nancy Rossi pasea en chancletas sus espesas y larquísimas pestañas postizas y los brillantes adhesivos que bordean sus ojos. Sus padres, un italiano y una nativa de las islas Seychelles, eran menores cuando se enamoraron y se enrolaron en un circo como electricista y bailarina. Ella nació en Austria y ahora hace lo que más le gusta: «girar» por el mundo y balancearse de pie sobre un columpio en la cúpula del Gran Circo Mundial, girar de cabeza apoyada sobre la palma de la mano de su hermano y cosas así.
Es acróbata, equilibrista y trapecista, a costa de varias horas de ensayo al día, de una dieta constante y de cinco años de preparación en la Escuela del Circo de Italia. Con diez más se ve de maquilladora. «¿Dónde?», repite extrañada. «El país da igual». Al fondo, un grupo de elefantes merienda y un poderoso tigre blanco se revuelve en la jaula.
Viaje sin regreso
Rozan las seis menos cuarto de la tarde, hora de la primera función. Luis Moreno, antaño cara blanca -«el antipático en la pareja de payasos»- hoy jefe de pista, luce ya el frac rojo y la pajarita blanca con la que recibe al público. Puede hacerlo en siete idiomas. Incluidos, holandés y finlandés.
Debutó en Alemania con un «mal pero bien» de su padre y desde entonces apenas ha vuelto por Ordizia, su tierra natal. Eso sí, ha aprendido lo duro de pelar que es el público escandinavo o lo sencillo que resulta hacer que un caribeño se desternille de la risa. «En realidad, éste es un viaje a ninguna parte, en el que dejas por el camino a la familia, los amigos, amores...», cuenta con cierta nostalgia. «Vivís de otra manera», le digo. «¿No seréis vosotros?», se despide...








