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CUARTA DE FERIA
Una pica de hermoso en flandes
08.08.07 -
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Una pica de hermoso en flandes
AGRADECIDO. Pablo Hermoso de Mendoza, triunfador de la tarde, aplaude al toro al que cortó las dos orejas y el rabo. / IGOR AIZPURU
Sonará a paradoja: no fue redondo el espectáculo porque la corrida de los dos hierros de Pedro Capea salió brava. Con fondo, resistencia, voluntad, potencia, presencia y ganas de pelea. Todos, salvo los dos del lote de Andy Cartagena, cobraron dos rejones de castigo, que son castigo severo. La corrida fue de un cuajo descomunal. Contará entre las mayores que este año haya matado Pablo Hermoso. Sin hacer excepción de las de Madrid o Sevilla, por ejemplo. Más despuntados los toros de lo que es costumbre en plazas de primer nivel. Ni eso fue especial alivio. Según término taurino, la corrida pesó. Les pesó a los toreros, que no debían de esperársela tan grande. Ni tan buena ni tan brava. Costó torear. No fue un juego. Ese detalle sustancial se dejó sentir. El espectáculo estuvo vivo desde el arranque y mientras duró. No se movió nadie de su asiento. No fue festejo de rejones al uso. De los de ir y venir y venga a saludar. Ni de andar escondiéndose ni caracoleando.

Hubo que lidiar, medir y torear. A caballo sólo no bastó y las cuadrillas de banderilleros tuvieron que emplearse a destajo. La de Bohórquez marcó el camino con el primero, a pesar de llevar el toro antes de banderillas dos rejones traseros. Pudo con ellos. Más que ninguno pudo el segundo de los seis. Le cortó un rabo Pablo Hermoso de Mendoza pero hubo que sudar tinta. Arriesgar mucho y muy en serio porque, bravo, no perdonaba el toro ni una embestida y estuvo en todas. Después de los dos rejones de castigo inexcusables, trataron los auxiliadores de domar por abajo los viajes y galopes del toro, que fue, como esa primera faena de Hermoso, capítulo aparte. Gobernar a caballo la velocidad del toro fue una hazaña. Muy difícil.

La marcha del toro parecía interminable. Cuanto más se encelaba, más apretaba. Hermoso sacó para librar la batalla al ilustre castaño Chenel, pero esta vez no dio tiempo de hacer exorcismos ni fintas ni regates. Sino torear desnuda y puramente, rodando el pitón en distancias mínimas, clavando en cuanto estuvo el toro en la diana y no antes ni después, porque peligraban los dos artistas: el caballo y Pablo. La sensación de riesgo fue muy evidente y se siguió con un clamor especial. No el triunfal de tantas otras veces. Porque poderle a tanto toro y ganarle por la mano resultó duro sacrificio.

Con el toro ya engañado, la segunda mitad de faena, en los medios y con ataques de caras, resultó más suave o sencilla. Piruetas del tordo Fusilero. Roto de tanto embestir, el toro se entregó noblemente. Hermoso se adornó a dos manos con las cortas, en señal de satisfacción, y agarró en dos tiempos una magnífica estocada que desató la euforia. Las orejas y el rabo. Antes del rabo, pañuelo azul para reconocer al toro. Muy justamente. Generoso en extremo, Pablo puso en aviso a todo el mundo. Antes de doblar el toro, se desplantó cara a cara con él y, mientras se balanceaba toreramente sobre el testuz, le estuvo tocando las palmas como si le rindiera honores o le diera la enhorabuena. Muy bonito el gesto. Y raro.

Más apagado que los dos anteriores, el tercero no necesitó en principio de tantos apoyos de capa. Andy Cartagena, alcanzado en un arreón, clavó con poca puntería, y cuando el toro se indispuso, entonces salió la batería de banderilleros a aplacar el fuego. Con la protesta habitual en estos casos. El cuarto, de excelente tranco en la salida, se desparramó en un mal paso. Problema seguramente del piso de plaza. Sangrado hasta la pezuña, volvió a redoblar ataques el toro después de los de castigo, aguantó en los medios como bravo que era. Bohórquez anduvo fino y valiente, dobló el par a dos manos tan suyo, pasó sin justeza pero pasó y dejó lucir al toro, que los banderilleros trataron con cariño pero exageradamente.

También el quinto fue toro de tipo locomotora. Hermoso le aguantó en los medios durante el tercio de castigo, dejó que la cuadrilla bregara sin límite y a los banderilleros hubo de recurrir en todos los intervalos que hubo luego. Sin hilo fluido esta segunda faena, que tal vez se encontró algo cansado al maestro. La última batalla fue también de aliento. En la zona más arenosa del ruedo, el sexto alcanzó a uno de los caballos de Andy, lo derribó y estuvo a punto de malherirlo. En el tráfago del quite, rodó el toro por el suelo. Pero volvieron a ponerse en pie todos: Andy, el mismo caballo y el toro. Para un trabajo de precipitación, entrega y corazón también. Muchos violines en los medios. Cuatro pinchazos, un rejón de muerte. Una oreja.
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