
PENÚLTIMA SUELTA DE VAQUILLAS
Como viene siendo habitual, las colas volvieron a repetirse en las taquillas para ver el espectáculo taurino, una de las actividades matinales más populares en Vitoria. Los precios que se han puesto este año (2 euros) tienen mucho que ver. La nueva plaza de toros acogió ayer a más de cinco mil personas, tres cuartos de entrada, para ver la penúltima suelta de vaquillas de estas fiestas.
Desde el principio, los jóvenes se mostraron bastante decididos a demostrar sus habilidades frente a las reses. Quiebros y regates que el público aplaudía entusiasmado. Aparte de los habituales revolcones, no hubo mayores problemas. Los golpes más serios se produjeron cuando los mozos, para evitar embestidas de las vaquillas, saltaban las vallas. Más de uno se dio de morros contra el suelo. Otros, con vocación de matador, portaban espadas de plástico, con las que golpeaban a las reses tratando de llamar su atención y poniendo en riesgo su propia seguridad.
Pitorreo
Las primeras cuatro vaquillas -novillos, practicamente-, pasaron sin pena ni gloria. Eran idóneas para el lucimiento de los mozos. Recibieron toda clase de pases por parte de unos valientes que emplearon diferentes pero calculadas estrategias. Dieron dos o tres vueltas, y para dentro.
La quinta, más resabiada, fue la que puso el espectáculo. Propinó un buen topetazo -sin consecuencias- a un mozo y causó el pitorreo general cuando estuvo a punto de coger a uno de los encargados de la plaza, que al saltar las vallas se lesionó en una pierna. La vaquilla permaneció en el ruedo el doble de tiempo que sus hermanas, y no había manera de hacerla volver al redil. Hasta tres veces tuvo que salir el manso, pero ni por esas. La tercera, el toro llegó a cornear a la vaquilla, como un padre regañaría a su hija díscola, que llega a casa más tarde de la hora. Inmediatamente después, los dos entraron juntos a los chiqueros. Fue sin duda el momento más aplaudido por el público.
Viendo lo bonito que se estaba poniendo el espectáculo, el público no dudó en pedir la suelta de más vaquillas. Se cumplieron sus deseos, pero sólo una vez, y para las doce la gente empezó a abandonar la plaza. No hubo embestidas de importancia ni caídas aparatosas. En general fue una mañana muy divertida. Para todos menos para las vaquillas.









