
EL PERSONAJE
EL PERSONAJE
Las dos han marcado hasta tal punto su existencia que una no tendría sentido sin la otra. Y viceversa. Juzguen si no. Paisano, vecino y amigo de Pedro Gutiérrez Moya -matador salmantino más conocido como el 'Niño de la Capea'-, el destino quiso que Ángel Diego se iniciara con él en la lidia sanitaria. «Era de mi barrio y la casualidad quiso que de joven le pusiera muchas inyecciones», recuerda Diego. A día de hoy, y con el permiso del gran maestro Enrique Ponce, el 'Niño de la Capea' es, además de su amigo, su torero fetiche. Por más que, según cuenta el enfermero, «cada vez que ha visitado Vitoria siempre me haya recordado entre risas los muchos pinchazos que ya le di en su día».
Sucedió a mediados de los sesenta, cuando un jovencísimo Ángel Diego hacía sus primeros pinitos como diplomado en Enfermería. De la capital se trasladó a Miranda del Castañar, una pequeña localidad de apenas 800 habitantes donde, además de como practicante, ejerció también como matrona. «En cuatro años y medio atendí más de 300 partos. Fueron años muy bonitos, pero cuando nació mi primer hijo, mi mujer y yo decidimos abandonar el pueblo. La jefatura central de Tráfico convocó unas oposiciones para el servicio al herido en el lugar del accidente, quedé el primero de mi promoción y elegí Vitoria como destino».
Treinta y nueve años han pasado desde entonces y a Ángel le han cundido tanto que harían falta dos vidas para reescribir su dilatada trayectoria profesional. Durante un tiempo compaginó su labor a pie de arcén con su trabajo como enfermero adscrito al servicio de anestesia de la entonces residencia sanitaria de Arana. Poco después, abandonó su puesto en Tráfico y se estableció en la Clínica Álava para de ahí dar el salto a Txagorritxu.
Pocas cogidas
Pero en la Clínica Álava ya había 'urdido' la que sería -estas fiestas lo fue por última vez- su segunda ocupación durante los últimos 32 años. «El doctor Calzada, cirujano y socio de la clínica me abrió las puertas de la plaza de toros y no dejé pasar la oportunidad».
Por suerte, a Diego le cuesta recordar un incidente grave sobre el albero vitoriano. Con todo, un rápido ejercicio de memoria rescata los nombres de Antonio José Galán y Miguel Báez, Litri. El primero, que a los dos días estaba dando la alternativa a su hermano, entró a matar sin capote y el toro no perdonó; de la segunda cornada, apenas le queda un vago recuerdo. Buena señal.
Sus tres décadas detrás del burladero sanitario, unidas a esa sabia intuición que regala la experiencia, no han conseguido que Ángel Diego le pierda el respeto al toro. «Eso nunca. Es más, tantas tardes de faena nos permiten intuir cuándo un torero va a sufrir un percance. Y nos equivocamos poco», asegura.
El pasado jueves Diego colgó la bata. «Con pena, pero con la satisfacción de haber clausurado la vieja plaza y de inaugurar la nueva», señala orgulloso. Pero, sobre todo, con la ilusión certera de que la feria de Vitoria ha emprendido por fin el vuelo. Ascendente, que ya era hora.









