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hubo 12 millones de desplazados
El otro gigante de Asia
India celebra el 60 aniversario de su independencia en un momento de extraordinario crecimiento económico que no oculta, sin embargo, la tremenda pobreza de la mayor parte de su población
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El otro gigante de Asia
TRANQUILAS. Las vacas, animal sagrado para los hindúes, campan a sus anchas en las medianas ajardinadas de las transitadas calles de Nueva Delhi. / FOTOS: P. M. DÍEZ
India, el segundo país más poblado después de China, celebra el próximo miércoles los 60 años de su independencia, lograda tras casi un siglo de ocupación británica. Gracias al movimiento pacífico protagonizado por el 'padre de la patria', Mahatma Gandhi, millones de indios pudieron escuchar por la radio al primer ministro, Jawaharlal Nehru, pronunciar el discurso por el que proclamó la República de India el 15 de agosto de 1947.

A pesar de que el nuevo Estado nació en medio de un baño de sangre que dejó un millón de muertos y unos 12 millones de desplazados, el país ha entrado en el siglo XXI con la aspiración de convertirse en una nueva potencia mundial. Y es que India es, junto a China, el otro gigante emergente de Asia, ya que desde hace años su economía viene experimentando unos crecimientos de entre el 8 y el 9 por ciento debido a la política de liberalización acometida en 1991 por el entonces titular de Finanzas y hoy primer ministro, Manmohan Singh.

Por ese motivo en la capital, Nueva Delhi, han proliferado lujosos hoteles internacionales como Le Meridien, situado a escasos metros del semáforo donde millares de niños piden limosna, y en el que no se puede reservar una habitación por menos de 250 euros. Para hallar algo más asequible, pero sin caer en los cuchitriles de hostales para mochileros, es necesario bajar hasta algunos establecimientos locales que, por entre 40 y 100 euros, ofrecen cuartos inmundos donde a veces no hay agua caliente.

Dos extremos que reflejan a la perfección las enormes desigualdades que sufre la sociedad india. Su extraordinario crecimiento no ha sido equitativo. Aunque se calcula que la mejora de la situación económica ha generado una emergente clase media urbana, formada por 250 millones de personas, lo cierto es que se empieza a considerar como tal a todo aquel que gana a partir de 400 euros al mes.

«En realidad sólo hay unos cinco millones de ciudadanos indios con una capacidad de consumo igual a la occidental», aclara Ruth Abad, agregada comercial de la Oficina Económica de España en Nueva Delhi. Así pues, India continúa siendo una pobre nación de carácter eminentemente rural, en la que el 60% de la población todavía vive en condiciones tercermundistas en el campo y depende de la agricultura. Un sector que, sin embargo, sólo aporta el 20% del Producto Interior Bruto (PIB).

Rápida transformación

Como consecuencia de la rápida transformación vivida en los últimos años, los servicios ya suponen el 60% de la riqueza nacional, mientras que la industria asciende al 20%. Tales cifras han determinado que la evolución del país asiático sea muy distinta a la experimentada por China, convertida en la 'fábrica global' por la abundancia de una irrisoria mano de obra que ni siquiera se encuentra en India, a pesar de los millones de pobres que pululan por sus calles.

«Pero, al mismo tiempo, aquí hay ya más millonarios que en Japón», matiza Abad, que califica a la sociedad india como «dual». Algo que se aprecia con claridad cualquier sábado por la noche en el Hotel Maurya Sheraton, uno de los más caros de Nueva Delhi. Tras haber abarrotado durante la cena el prestigioso restaurante 'Bukhara', elegido el mejor de Asia por la revista 'Restaurant Magazine', decenas de nuevos ricos indios, que destacan por sus barrigas prominentes y por la ostentación de joyas, dan buena cuenta del bufé de la cafetería hasta altas horas.

Otros ejemplos similares se pueden apreciar en locales de moda como Q´BA, Veda o en Nehru Place. En este barrio plagado de destartaladas tiendas de informática, el dinero corre de mano en mano mientras se venden ordenadores, teléfonos móviles, impresoras y demás aparatos electrónicos. Junto a dicho comercio incesante, niños medio desnudos y de esqueléticas piernas, juegan descalzos entre los humeantes puestos ambulantes de comida y persiguen a los transeúntes suplicando por una moneda.

Mientras tanto, los jóvenes ricos de la nueva élite, que viven en las suntuosas villas del distrito de Greater Kailash, hacen cola en el cercano multicine Satyam para ver los últimos éxitos de Bollywood, la película de los Simpson o el final de la saga Harry Potter. Para ellos, las 175 rupias (3,5 euros) que cuesta la entrada son una minucia, pero para el conductor de un 'rickshaw' suponen una dura jornada de trabajo pedaleando para llevar a sus clientes bajo un sol de justicia.

Muchos ancianos, mujeres, niños e inválidos se arrastran por el suelo a causa de las secuelas que les dejó la polio: viven en los parques y duermen hasta en las medianas ajardinadas de las grandes avenidas. Allí, las vacas, sagradas para la religión hindú, pastan a sus anchas en medio de un tráfico caótico plagado de coches, motocarros, ciclomotores, bicicletas y hasta elefantes y camellos.

«Los cambios económicos han propiciado la aparición de una nueva clase de ricos en medio de 900 millones de pobres, y las diferencias aumentan cada día», observa el doctor Puneet Bedi, un ginecólogo cuya clientela se concentra en los barrios altos de la ciudad. Atraídas por su competitividad y por la emergencia de su mercado, las empresas internacionales cada vez invierten más en India, que recibe ya 6.581 millones de euros anuales.

Una cifra que, sin embargo, se encuentra muy por debajo de los 46.059 millones de euros que llegan hasta China, un duro competidor con el que India suele compararse. «En menos de medio siglo superaremos a los chinos no sólo en número de habitantes, sino también en poder adquisitivo», vaticina Bobby Gupta, un joven recién casado de 22 años.

Apertura de mente

Predicando con el ejemplo, Gupta asegura que piensa tener dos hijos y una niña con su mujer Mona, con la que se ha casado en una boda arreglada por sus respectivas familias mucho antes de que ambos se conocieran, y que ha supuesto un considerable desembolso económico al asistir 400 invitados. Por los anillos y colgantes de oro que luce, entregados como dote por la familia de la novia, y por el fino 'sari' rojo que viste ésta, los dos forman parte de esa emergente clase media india, aunque ella es ama de casa y él sólo percibe 400 euros al mes como supervisor de una empresa.

La mitad de ese sueldo es lo que aspira a ganar David, uno de los cientos de guías y vendedores de recuerdos que, literalmente, asaltan a los turistas que visitan el Taj Mahal y el Fuerte de Agra nada más bajarse del autobús. «Como sé inglés, me gustaría trabajar en un 'call center' o ser recepcionista de un hotel», dice este muchacho de 20 años que asegura tener dos novias -«una delgada y otra gorda, que me gusta más»-.

David, además, reconoce que le gusta el sexo. Pero no más que a cualquier otro chaval de su edad en cualquier parte del mundo. Una prueba más de los cambios fehacientes que ya están afectando a la conservadora sociedad india, donde la mayoría de los matrimonios prefieren tener varones y las embarazadas abortan cuando descubren que esperan una niña. Aunque la ley prohíbe dicha práctica, en la vida real se encuentra tan extendida que India es, junto con China, un caso único en el mundo por el desequilibrio de género que sufre.

Mientras en el resto del planeta hay 1.050 niñas por cada millar de varones, en el país asiático esa cifra se reduce hasta las 927, lo que se aprecia perfectamente en unas calles plagadas de hombres y en las que apenas hay mujeres. Toda una paradoja para un país en el que han destacado importantes figuras femeninas como Indira Gandhi, y ahora, su cuñada Sonia, que dirige el Partido del Congreso Nacional y está llamada a convertirse en la próxima primera ministra.
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