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Sociedad

el amor de...MARTÍN FIZ
«La gracia era ligar en grupo»
«Viajabas, competías, ganabas, disfrutabas, no dormías y volvías destrozado en el autobús», recuerda el atleta alavés de sus 19 años
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«La gracia era ligar en grupo»
COMPETITIVO. Martín Fiz reconoce que de joven se picaba con sus compañeros para hacerse notar ante las atletas. / B. CASTILLO
Martín Fiz fue feliz en aquellos Juegos Panamericanos. «Fueron en México. Yo tenía 19 años». Entonces todo era divertido y llamativo. «Al empezar en el deporte, no sientes la presión de ganar». Lo importante en aquel viaje era disfrazarse de charro y comprarse la misma camiseta. Pero, si compites en la pista, advierte, también lo haces en la vida. Y era inevitable picarse con los colegas para hacerse notar entre las atletas que participaban en el certamen. «Los lanzadores de peso y los saltadores son muy corpulentos; los corredores somos delgados y enjutos. Para llamar la atención de las chicas, teníamos que ser más payasetes y hacer más gracias que aquellos fornidos atletas». Las invitaban a café y pastel, a dar una vuelta en la noria. «Hablando se entiende la gente, y yo hablaba mucho. En el casillero del hotel, siempre tenía recados de varias chicas».

Los atletas de la selección eran una piña. «La gracia era ligar en grupo. Aunque siempre había algún compañero que te daba un codazo en el hígado y decía: 'Mira, la chica que te gusta'. Pero el grupo estaba por encima de todo». Y así, en bloque, afrontaron también las novatadas. «Cenamos en un bar de mariachis. Al pagar, nos pidieron la propina, que era obligatoria y más cara que la cena. Nos negamos, nos pusimos cabezones». Pero cedieron cuando cinco disuasorios mexicanos aparecieron en su mesa.

El cambio de moneda les favorecía. «Con el poco dinero que llevábamos éramos los reyes del mambo. Así que compré diez sombreros charros, que pesaban el copón de la baraja, para mis allegados». Admite que era un regalo envenenado. «Lo digo con sorna y simpatía. Los traje atados con una cuerda, como los veraneantes de Mallorca que llegan llenos de ensaimadas». Reconoce que fue un auténtico 'guiri', pero sus recuerdos son maravillosos. «No dormías, competías, ganabas, disfrutabas, y volvías destrozado en el autobús; en la última fila de asientos, donde iban los más dicharacheros». Entonces cantaban, se metían con el conductor y acababan dormidos. Los chicos que hoy entrena hacen lo mismo. «Charlan y hacen risas hasta las tantas de la mañana. Hago un poco la vista gorda; yo hice lo mismo».

Ligues de verano

Entre bromas y veras, de aquel viaje azteca salieron parejas. «Pero vuelves a tu ciudad y a tu vida, y todo se difumina. Corazón que no ve, corazón que no siente». Los ligues de verano le hacen gracia. «Sobre todo, cuando veo a una pareja despedirse en la estación con lágrimas en los ojos». «Siempre crees que ese flechazo de verano es el amor de tu vida», confiesa. «Y, cuando te vas en el coche de tus padres, la miras por la luneta de atrás y ves que se le hinchan los ojos. Es precioso». Luego aparece la rutina, algunos 'emails' «o diez cartas, como antes», y todo se queda en nada.

Se echó novia a los 19. «Ahora es mi mujer. Se llama Ana. Siempre he sido muy leal con mis afectos». Fiz veranea en el pueblo salmantino de Tamames. «Allí ves a tus ligues de antes, con hijos y con la vida hecha. Y te miras y te remiras. Con respeto. Cada uno ha organizado su vida como ha querido o podido». Su hijo de 14 años, Álex, practica el atletismo. «Ya empieza a ligar. Está en ese momento de pasarlo bien». Al contemplarlo, el atleta alavés revive su pasado. «Me encanta verlo competir, no dormir, ganar y venir destrozado en el autobús. Es algo que nunca podrá repetir. Estoy contento. Es precioso verle crecer».
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