No hay país más femenino que Italia, de machista que es. Según se llega uno se ve abrumado por la invasión sexual publicitaria, a niveles sonrojantes. A ellos les da igual no parecer modernos. Se encuentran tías impresionantes hasta en la hoja parroquial. Las presentadoras del telediario hacen posturitas y se atusan la melena como si fuera una cena íntima. Las basureras que se reúnen a medianoche en Campo de Fiori, en Roma, a tomar café parece que se citan para hacer un calendario, todas con la raya del ojo. Apenas se ven mujeres con pelo corto y a las españolas les choca el predominio, cómo decirlo, del estilo un poco putón, o como de nochevieja. Se deshacen en cumplir el ideal masculino, que se agradece, pero hace sufrir bastante. También es por presión social, y al viajar fuera se relajan al no sentirse tan juzgadas.
La sociedad las trata igual, claro. Es el país con menos mujeres en el poder: 11% de diputadas, como en los setenta, y 2% en consejos de administración. Hay restaurantes con dos cartas, una normal para el hombre y otra sin precios, para su pareja. Hay decenas de concursos de miss, que regalan cocinas, y el máximo sueño de miles de chicas es ser azafata televisiva. Una vez en el festival de Venecia causó ira entre las colegas el regalo a la prensa de la organización. A ellos, un bonito bloc. A ellas, un champú.