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Ermita en un bosque de gnomos
Vecinos de Zuia han restaurado el santuario de Jugatxi, que celebra hoy su fiesta. 1.200 cofrades mantienen una tradición de siglos
09.09.07 -
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Ermita en un bosque de gnomos
JUGATXI. Hay restos románicos en el edificio. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: JESÚS ANDRADE
A Andrés Iturrate, vecino de Jugo, le cuesta caminar por una lesión de rodilla. Pero conoce la Dehesa, el monte donde se encuentra la ermita de Jugatxi, como la palma de la mano. Este antiguo pastor ya retirado, de 60 años, es el guía perfecto para mostrar una leyenda viva, un roble tocorno «de cientos de años» con un perímetro de tronco que llega a los seis metros y una copa gigantesca difícil de seguir con la vista. «Cuando traía las ovejas, me quedaba aquí mirándolo. Es el más grande del bosque», cuenta con rigor de notario, mientras nombra a todas las criaturas. «Estos que crecen en vertical los llamamos jaros».

Para Iker, Xabier, Josu Mikel y los demás nietos de Cayo Luis Vea Murguía, Jugatxi es un bosque habitado por gnomos donde hay una ermita. Para el abuelo, es un santuario mariano rodeado de hayas y robles milenarios tan grandes que en su interior se esconden los legendarios geniecillos que han convertido los troncos en casas. Hasta hubo una mina que ellos explotaron. Sin duda, es una geografía sentimental, un paisaje que emociona a todos los que lo visitan alguna vez.

No se sabe si los gnomos de Iker trabajan de día porque no se dejan ver. Los que sí están con la herramienta de los canteros son Modesto Izaga, de 65 años, de Sarria; y José Luis Apodaca, de 74 años, de Markina, pero vecino de Jugo. Ambos acompañan a José Antonio González Salazar, el polifacético párroco que puede escribir libros de toponimia y etnografía, tallar una virgen o esculpir en piedra un monumento religioso. Y sin perder la sonrisa.

Este año toca poner base a una cruz de forja regalada por un cofrade. «Hemos hecho una pirámide truncada que aplasta a una serpiente y un espacio para sentarse y descansar. Estos lugares rezuman algo muy especial que relaja. Yo soy una persona muy activa y nerviosa y aquí encuentro la paz que no hallo en ningún sitio», explica José Antonio que ha hecho esculturas en el pueblo de Jugo y en la ermita, como un ambón, una hornacina y el sagrario.

Fervor popular

«Esa paz sólo se rompe con el ruido de la autovía de Altube que pasa a los pies del monte que rodea la ermita», matiza Jesús Ortiz de Arri, el abad de la cofradía, natural de Zaitegi, pero casado con una vecina de Jugo. Aunque esta pequeña localidad es la propietaria del santuario, se trata junto a Oro de una ermita de referencia para todo el valle de Zuia compuesto por once pueblos. «Hay cofrades de todas las localidades y muchísimos vitorianos. Es un vínculo que se renueva en una fiesta como la de hoy», señala el abad.

Es curioso que en un momento de regresión del fenómeno religioso, Jugatxi es otra manifestación de fervor popular que no sólo no ha decaído, sino que va en aumento. «Es una devoción que une a los pueblos del valle. En los años 70 estuvo a punto de perderse porque la iglesia se caía a pedazos por falta de entendimiento con el cura de turno. Desde entonces, los propios vecinos de Zuia son los que la han arreglado», explica Cayo Luis Vea-Murguía, antiguo periodista, vecino de Sarria, pero con ascendencia en Jugo donde vivió su infancia.

Los vecinos, con Vea Murguía a la cabeza, consiguieron el compromiso de la Diputación para pagar el arreglo de la cubierta y algunas reformas imprescindibles, al mismo tiempo que el lugar se convertía en un parque provincial, con mesas y barbacoas y una fuente de agua fresca a la que hay que acceder por una escalera de piedra de 141 peldaños bordeada de hayas y robles majestuosos.

Se arregló el comedor, la cocina y el suelo de la iglesia. Todo fue una labor comunitaria, la misma que podía contemplarse esta semana en la construcción del nuevo crucero de la campa. «En Jugatxi hay un trabajo de los propios cofrades -que suman ya 1.200- de mucho mérito. En este pueblo ha habido grandes carpinteros y canteros. Y el que no podía trabajar con las manos se encargaba de comprar el material. Cada pieza es una obra de arte», asegura el párroco que sigue a su vez la gran tradición de los escultores populares.

Los antiguos ritos se cumplen. Los sábados, misas por los cofrades fallecidos y sobre todo la fiesta de la Natividad, la llamada Virgen de septiembre que también se celebra en muchos pueblos alaveses. Después de la junta anual, la eucaristía y las danzas, tiene lugar la comida tradicional en la que se degusta el menú de siempre a base de garbanzos, carne guisada o merluza. Los 110 cofrades de mesa, los que pagan religiosamente los 23 euros del plato del día que ha preparado durante toda la noche una cofrade.

2.000 ermitas

Como en Jugatxi, o la próxima ermita de Oro, existen en Álava 150 advocaciones marianas o 'andramaris' y otros 150 santuarios dedicados a otros santos, muchos de ellos con sus cofradías a pleno funcionamiento. El historiador José Javier López de Ocáriz estima que llegó a haber en Alava 2.000 ermitas en torno al siglo XVI, además de la iglesia de cada aldea. Esas devociones se han movido con el viento de los tiempos, pero atraviesan un buen momento. «La gente puede faltar a misa, pero nunca se ausentará del día de la romería de su pueblo», enfatiza el sacerdote Zoilo Calleja, delegado diocesano de Patrimonio Artístico y Documental, que conoce todos los santuarios.

Cayo Luis, Jesús, José Luis, Andrés y Modesto no faltarán a su cita de hoy con la campa, la fuente, las casas de los gnomos, la ermita y la virgen de Jugatxi. Es el lugar al que pertenecen. Allá arriba. Cerca del cielo.
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