
EL PROCESO SIGUE
Para mover los 900 kilos que pesa la escultura de piedra, probablemente procedente de las canteras de Ajarte, fue necesaria una gran grúa y la construcción de una jaula de hierro a medida. Con el fin de facilitar las maniobras, el viernes fue instalado un andamio alrededor de la hornacina. A las ocho de la mañana de ayer los técnicos encargados de la operación, expertos en el traslado de obras de arte, comenzaron a quitar el cristal blindado que ha protegido la imagen desde 1982, pero que al mismo tiempo ha creado un microclima que ha provocado un gran deterioro al someterla a temperaturas extremas porque se producía el efecto de una lupa sobre la piedra.
El momento más delicado se vivió pocos minutos antes de las doce. Tras conseguir desenganchar la estatua de la hornacina, a la que estaba unida por la espalda y por los pies, se colocó un arnés alrededor de la Virgen mientras que con una máquina denominada tractel se empujaba la peana dentro de la jaula de hierro.
«Todo ha salido bien»
«Temíamos que cabeceara y al no conocer cómo están las resinas que pegaron los trozos del 82 no estábamos seguros de terminar sin problemas. Pero todo ha salido bien», señaló el abad de la Cofradía, Ricardo Sáenz de Heredia, que estaba presente junto a muchos de los miembros de la hermandad en este momento histórico.
A partir de ese momento, la tensión se alivió y comenzaron los actos religiosos de despedida de la estatua. Cristina Fructuoso leyó una hermosa oración recordando la devoción de Vitoria por la Blanca, repicaron las campanas y el público asistente cantó el himno de la Virgen. También se bailó un aurresku. Un honor que le tocó a Luis Justo, de 38 años, miembro de la cuadrilla de blusas Luke y del grupo Txirinbil. Zabalza, Copi y Luna le acompañaron con el txistu y el tambor. «Para cualquier vitoriano este día es especial. Es el último aurresku a esa imagen».
Ese aire de despedida flotaba en el ambiente. Para el profesor Henrike Knörr es «uno de esos momentos que sólo se viven una vez en la vida. Esa talla no volverá nunca más a estar ahí», decía. Alfredo Vicuña, otro blusa, recordaba los incompresibles ataques sufridos por la Blanca en los años 80 y la actitud de las cuadrillas de hacer frente a «los que querían fastidiarnos una tradición. Para mí es algo intocable».
La fragilidad de la estatua hizo que la acción de embalarla fuera más larga de lo previsto. A las 15.40 la grúa dejaba la jaula en un camión en la calle Mateo Moraza y tomaba camino del taller de restauración de la Diputación. En su lugar se colocaba una gran foto a tamaño natural y el cristal.










