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Diario de una noche de patrulla
EL CORREO acompaña a dos agentes de la Policía Local en su ronda nocturna. ¿El balance? Cuatro detenidos, varias llamadas al orden y tres sanciones administrativas
13.10.07 -
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Diario de una noche de patrulla
11.30 HORAS.
Noche del jueves 11 de octubre. Víspera del 'puente' del Pilar. Mientras buena parte de la ciudad ha emprendido el éxodo para disfrutar a millas de tres días festivos, el resto se dispone a honrar a la 'Pilarica' en casa. Unos, descansando; otros, divirtiéndose; los menos, cometiendo algún delito o faltando -en el mejor de los casos- al mínimo civismo recomendable y, el resto, trabajando. Un nada ecuánime reparto de papeles, en el que a la Policía Local le toca siempre bailar con la más fea.

El jueves, EL CORREO fue testigo de ello. Durante cinco horas -entre las once y las cuatro de la madrugada- un redactor y un fotógrafo acompañaron a una patrulla nocturna de la Policía Municipal en su periplo por las calles de la ciudad. El balance: cuatro detenidos, varias llamadas al orden y tres sanciones administrativas por faltas de diversa consideración. Así transcurrió la noche, minuto a minuto.

23.00 horas. Fernando -un cabo de 45 años con 22 de experiencia a sus espaldas- y Antonio -53 años y 27 de servicio- integran una de las nueve patrullas -cinco uniformadas, tres de paisano y una de atestados- que de manera excepcional -«hoy no hay ni una sola baja»- conformaron el turno de noche. «Informar, prevenir y minimizar el tiempo de respuesta en caso de urgencia son nuestras tres premisas básicas», explica Fernando. Lo hace desde el asiento del copiloto antes de que el Ford Focus policial abandone las instalaciones de Aguirrelanda. El vehículo arranca sin rumbo pero, en cuestión de segundos, la emisora de la central alcanza su punto de ebullición. Pese a que el código de comunicación interna es indescifrable, algo sucede.

Antonio enciende los «rotativos» (las luces) y acelera. Fernando descifra el enigma. «Han intentado robar en una empresa de la calle La Peña, en Gamarra. Su propietario ha avisado a la Ertzaintza, que busca a los ocupantes de una furgoneta blanca. Les acabamos de localizar en Zabalgana. Al parecer, son cuatro miembros de una familia de etnia gitana». El aviso se extiende como la pólvora a través de móviles y emisoras. Policía Local y autónoma actúan en perfecta sintonía. Los sospechosos van indocumentados, pero acceden a facilitar sus datos de filiación a los municipales. Entretanto, la Ertzaintza los coteja: son de Bilbao, el chófer conduce sin carné y, lo que es peor, «hace un tiempo se le ocupó un arma de fuego». La noche se complica.

Noche en el calabozo

Al menos, para los Borja Cortés, que empiezan a ponerse nerviosos. En el registro de la furgoneta, los agentes se incautan de tres barras de uña, dos cizallas y un radio-cassette «de dudosa procedencia». «Se les va a detener en breve», advierte Fernando. Dicho y hecho. A las 00.35 horas, tres patrullas de la Ertzaintza proceden al arresto de las cuatro personas por un presunto delito de robo. ¿Su destino? Las dependencias de la Policía autónoma en Lakua.

00.50 horas. La noche ha arrancado con brío. Con la satisfacción del deber cumplido, Antonio y Fernando deciden visitar la plaza de la Burullería, bastión local del culto al 'botellón'. De camino, en Portal de Arriaga, el primer agente se detiene en seco. Los dos descienden de su vehículo y requieren la atención de un ciclista. «¿Nos permite el DNI?», le piden con tacto. El joven no da crédito. «Ayer (por el miércoles) nos pasaron el aviso del robo de una BMX. Sólo queremos verificar el código», le explican. No coincide. El ciclista puede continuar.

1.10 horas. El Ford Focus policial se adentra con cautela en la 'Corre' y aparca frente a una plaza de la Burullería 'tomada' por más de un centenar de adolescentes que se beben a sorbos -de licor, por supuesto- la noche. La presencia del coche patrulla acapara las miradas vidriosas -recelosas, también- de los jóvenes. Pero la pareja policial no busca bronca. La plaza está tranquila. Apenas se escucha un murmullo. No más alto que el de cualquier terraza en una noche de verano. «Lo peor es la suciedad que dejan cuando se van. Y en ello hay que hacer especial hincapié».

Los agentes actúan en consecuencia. Con talante conciliador se acercan a un grupo de cuatro despistados que beben a las puertas de El Portalón. Son mayores de edad. Fernando y Antonio acuerdan no intervenirles las botellas pero, a cambio, los jóvenes han de recoger las litronas y tetra bricks que se amontonan a sus pies y adentrarse en el interior de la plaza. Obedientes, los cuatro amigos lo limpian todo en cuestión de segundos.

De la calle al albergue

La radio interrumpe la faena en el Casco Viejo. Una vecina de la calle Palencia acaba de llamar al 092 para denunciar que un indigente lleva varios días durmiendo junto al portal de su casa. Son las dos menos cuarto y el hombre duerme bajo unos soportales. Fernando le despierta. De nacionalidad polaca, el indigente admite que lleva varias noches pernoctando en ese mismo lugar. «Llamaremos a otra patrulla para que lo lleve a un albergue. Hoy dormirá en una cama», le promete el agente.

Tras disfrutar de su «turno de hotel» -un descanso, en el argot policial- los dos municipales reanudan la ronda. El reloj se acerca a las tres de la madrugada. Es la hora del cierre de los bares. En su última vuelta por el Casco Viejo antes de adentrarse en el Ensanche, sorprenden a un menor orinando en la vía pública. La incontinencia le sale al chico por el módico precio de 30 euros y un cabreo de mil pares. «En esto sí somos severos porque el olor, al día siguiente, es insoportable», se justifica la autoridad.

3.15 horas. En la calle Prado un vehículo se salta un semáforo en rojo. La infración es «grave». Antonio le da las largas y le ordena parar. El conductor muestra evidentes síntomas de embriaguez y se le practica la prueba de alcoholemia: 0,51 miligramos de alcohol por litro de aire expirado, el doble de la tasa permitida. Los agentes dejan al infractor en manos de la patrulla de atestados. Toca verificar el cumplimiento de los horarios de cierre. La primera en la frente. Son las 3.45 horas y Río, en la calle Dato, debería haber echado la persiana a la una y media. Multa ineludible. La misma que recibe el Full Pop, en la calle Santo Domingo.

4.00 horas. Medio centenar de kilómetros y ocho intervenciones. Con todo, una noche «tranquila».
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