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«Aquí sólo huele a mar»
Jesús Ruiz de Gauna y Rosalía Arroyo, que regentan desde hace 38 años la pescadería de Salvatierra, cierran el día 27 su negocio casi centenario
21.10.07 -
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«Aquí sólo huele a mar»
BUENA ARMONÍA. Rosalía y Jesús han sacado adelante el negocio juntos. / JESÚS ANDRADE
A pie, en bici, en coche o en furgoneta. Con viento, sol, frío y lluvia. Desde la madrugada hasta primeras horas de la mañana. Jesús Ruiz de Gauna ha vivido medio siglo ligado a su principal medio de vida, el pescado. O más bien, a la venta de este crucial alimento que ha hecho posible traer hasta su pescadería de Salvatierra un pequeño trozo de mar.

Ahora él y su mujer, Rosalía Arroyo, ambos de 63 años, han decidido jubilarse y echar el cierre a un sacrificado negocio casi centenario. Para conocer el origen exacto de este pequeño establecimiento, situado en la calle Mayor de la localidad alavesa, hay que remontar la memoria casi hasta principios del siglo pasado.

«Mi madre, Petronila, trabajaba para Atanasia, una mujer de San Sebastián, y cuando ella volvió a su casa, se quedó con el negocio», recuerda Jesús. Consiguió sacarlo adelante con una inmejorable ayuda, la de sus propios hijos, catorce en total, de los que sobrevivieron una docena. «Con diez años iba por los barrios. Primero les decía a la gente el pescado que había y los precios y luego volvíamos con el pedido. Con trece llegaba a pie hasta los pueblos cercanos y más tarde en bici», revela.

Por aquel entonces, su madre era la encargada de viajar hasta Pasajes para conseguir el mejor pescado «y lo traía en una cestita con hielo». El resto, les llegaba a través de los mercancías. Más tarde, llegó el turno de los camiones. «Los dejaban a la entrada del pueblo. Más de una vez me tocó esperarlos hasta la madrugada porque los gatos lo robaban cuando lo descargaban», sonríe Jesús.

Los recuerdos, embellecidos y dulcificados por el paso del tiempo, dan un ligero salto adelante, hasta 1960. Un joven Jesús de 17 años inicia sus primeros viajes a Vitoria a los mandos de un Land Rover con tres lustros a sus espaldas. «De martes a sábado iba con mi hermana a la calle Rioja. Luego la venta era en el matadero y ahora en el mercado de mayoristas de Ali, donde soy el más viejo».

Muchos días, infinitos, de levantarse a las 4.30 de la mañana para recorrer de noche los 25 kilómetros que le separan de su destino. Afortunadamente, ha contado con una compañía inestimable: su mujer, Rosalía, que no se ha rendido ante el paso inevitable de los calendarios. «Tengo mucha suerte con ella», piropea Jesús.

Desde que se casaran en 1970, esta salmantina de nacimiento ha cuidado con entrega y devoción de su familia, su casa y su negocio. «Yo era labradora. Vine aquí con una familia a servir y conocí a Jesús. Hasta entonces no sabía nada de pescado. Pero recién llegados del viaje de novios, mi suegra me mandó a la pescadería, imagínate. Y tiré para delante», sonríe con picardía.

Sin vacaciones

Como para muchos, los comienzos no fueron fáciles. «Empezamos sin nada. Mi suegra, como se estilaba entonces, me cobraba las rentas. Estuvimos un año trabajando con ella y luego se jubiló y nos quedamos con la pescadería», admite Rosalía. Lo que ganaban lo invertían en arreglar la tienda y en hacer progresivas mejoras en su casa, encima del local. «Ni sabíamos qué eran las vacaciones hasta hace un lustro», recalcan.

Treinta y ocho años, dos hijas y dos nietos después, la edad no perdona. Los problemas de oído de Jesús y los dolores de huesos que padece Rosalía les han decidido a poner punto y final a esta etapa. «El negocio está muy parado, antes se vendía más, por eso mi hija no continuará, para una sola es muy duro», reconoce el matrimonio. Aún recuerda cuando hace tres décadas la merluza costaba 160 pesetas el kilo y el chicharro doce, frente a los 18 y 12 euros de ahora, respectivamente.

Se van con el buen sabor de boca de haber contado con una clientela fiel gracias a vender siempre «lo mejor. Para eso hay que pagarlo caro, pero así la clientela estará contenta», insiste Jesús. Frescura, brillo y un ojo claro son sinónimo de calidad en las piezas, al igual que el rechazo por los productos que procedan de cultivos. Este apego por los detalles se aprecia también en la limpieza. «Además de a diario, los domingos limpiamos a conciencia y todo el mundo dice que aquí huele a mar», coinciden. En sus ojos, la pena por la inminente despedida se mezcla con la alegría ante la perspectiva de descanso y unas merecidas vacaciones. Se lo han ganado. Que lo disfruten.
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