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«¿José Mari, tu hijo ha hablado!»
Un padre y su hijo, afectado de daño cerebral adquirido desde hace 18 años a causa de un atropello, relatan su lucha por la vida y la terapia que les salvó de la muerte: el amor
28.10.07 -
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«¿José Mari, tu hijo ha hablado!»
Los José María Abad pasean junto al caminante de Bilbao. / M. BARTOLOMÉ
-¿Recuerda el accidente?

-Sí... Mi padre te cuenta...

-Txema quería hacerles la competencia a todos ustedes, porque su ilusión era escribir. Aquel año, 1989, acababa de licenciarse en Periodismo. Fue un 25 de julio, festividad de Santiago. Podía haber sido un día antes o un día después, pero a veces, no sabemos por qué, parece que unos días son más significados que otros. Volvía con un amigo de la playa de Gorliz, caminando por una carretera comarcal, cuando un coche les arrolló a los dos a la altura del puerto de Plentzia. Los cinco elementos que viajaban en aquel vehículo no quisieron someterse a la prueba de alcoholemia. Eran otros tiempos, seguramente... El acompañante de mi hijo logró salvar la vida. Hoy, 18 años después, está casado y tiene una niña preciosa. Txema, en cambio, quedó sumido en un coma profundo. Medio metro marcó la diferencia.

El corazón de José María Abad padre se partió en mil pedazos a las ocho y media de la mañana de aquel fatídico Santiago. «¿Sí? Les llamamos desde las Urgencias del hospital de Cruces - dijo una voz al otro lado del teléfono-. Su hijo ha sufrido un accidente y le estamos atendiendo».

El impacto había provocado en el joven dos derrames cerebrales. «No quiero engañarles -habló el neurocirujano que les recibió-. Es muy posible que se produzca un tercer derrame que provoque un encharcamiento total del cerebro. En ese caso, seguramente, sobrevendrá la muerte». «Los sentimientos y el dolor que como padre -recuerda hoy José María Abad- me provocó todo aquello hoy se han apagado. Es normal... No puedo decirle como viví aquello». Le cuesta hacerlo; pero su narración revela la fuerza del amor que recuperó a su hijo para la vida.

Contra todo pronóstico, el chico no falleció. Quedó ingresado durante meses en la unidad de Vigilancia Intensiva de Cruces. En coma vigil. Los médicos llaman así a una situación en la que el paciente parece estar vivo, pero está completamente ausente, «como un vegetal», dice gráficamente su padre. «Es una situación muy peligrosa, porque algunos se quedan así para siempre».

«Pínchenle -les recomendó el especialista-. Háganle gestos, cáusenle dolor. Tráiganle grabaciones de sus mejores amigos: provóquenle. Tenemos que estimularle de todas las maneras que nos sea posible. Piensen». Nada. El paciente permaneció mudo, inmerso en la burbuja que le aislaba del mundo durante cuatro largos meses. Pasado ese tiempo, una de sus tías consiguió la reacción que los médicos buscaban

-«¿Puuuta!», gritó el chico.

Y la mujer rompió a llorar. «José Mari, tu hijo ha hablado», telefoneó a su hermano. El médico, incrédulo con la familia, confirmó la noticia al día siguiente. «Durante quince días estuvo muy agresivo, pero por fin se serenó. Un día creí que todo iba sobre ruedas. Le sorprendí leyendo el 'Fotogramas'. Los dos somos unos fanáticos del cine. Tenemos en casa más de 7.000 títulos en vídeo... Pero fue un espejismo», relata el padre.

«1-0, de penalti»

Un año después del accidente, su esposa, que acababa de superar un cáncer de colon, falleció víctima de tanto dolor. «Yo creo que sus células se revolucionaron para siempre. No pudo con lo de Txema y nos dejó». José María tiene una teoría: «Guardo mis afectos en el corazón y llevó las amarguras en la parte derecha del pecho. Ahí reside mi privacidad, mi dolor; tener un espacio para mis mejores sentimientos y otro para los peores me ayuda a no ser infeliz».

José María, el hijo, recuperó el habla, pero lo hace con dificultad. Su cerebro camina poco a poco, pero no a tanta velocidad como para evitar la silla de ruedas. Ha perdido la memoria inmediata, un síntoma habitual en el daño cerebral adquirido y siempre que acude a San Mamés a ver al Athletic acaba haciendo la misma crónica. «Han ganado 1-0, de penalti».

Padre e hijo celebraron el viernes el Día Nacional del Daño Cerebral Adquirido, el primero, un triunfo largamente buscado por las asociaciones de afectados. Queda mucho por hacer. «Se fue mi ilusión de ser periodista -dice José María, el hijo-, de escribir, de tener novia, pero mi padre y mi hermana Susana lo son todo para mí. Por ellos, tengo ganas de seguir viviendo... Dentro de cinco años, voy a escribir con vosotros en EL CORREO».
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