
PERSONAL
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Quiso probar suerte porque su novio, con el que lleva cuatro años de relación y al que conoció en una noche de juerga en Glasgow, tenía muchísimas ganas de vivir en las antípodas. «Cuando me planteó venir en seguida acepté. Lo malo vino una semana después, cuando empecé a pensar si me había vuelto loca. Me dio un ataque de pánico. ¿Creo que perdí 10 kilos!», rememora en conversación telefónica desde Queenstown.
Pero esta joven no se asusta fácilmente, así que se embarcó en la emocionante aventura. «Y aquí estoy, en la Isla del Sur, que tiene unos paisajes maravillosos. Además, es como la Ibiza española. Tiene una marcha...», confiesa.
No es la primera vez que emprende una andadura en tierras extrañas. Residió casi siete años en Glasgow y ahí fue donde comenzó su largo y extenso periplo internacional. «Estudié Magisterio en Bilbao. Mi vocación era dar clases. Pero, antes de buscar nada, me fui con unas amigas a Glasgow. Yo me quedé en una academia para aprender inglés y ellas regresaron». No le fue mal. Allí hizo una audición para entrar a cursar los estudios de danza, y la seleccionaron. «Al pertenecer a la Unión Europea, el Gobierno de Escocia te lo paga todo. Es un chollo», sentencia.
Cumpleaños de la Reina
Su decisión más radical la tomó hace tres meses, cuando decidió instalarse con su novio Richie en la Isla del Sur, en Queenstown, una localidad de 25.000 habitantes, la mayoría de ellos brasileños. La suerte les sonrió de nuevo. Su pareja, que es jardinero de campos de golf, encontró un empleo nada más llegar y Ainara logró ocupar una vacante en un gimnasio, donde da clases de 'body balance' y 'body combat'. «Aquí todo el mundo consigue un permiso de trabajo para un año. Y yo, si puedo, igual me quedo un poco más».
No sólo el mundo laboral es más sencillo allí, también ir por la carretera. De hecho, a esta bilbaína le llama la atención lo poco que la gente de Nueva Zelanda utiliza el coche. «Puedes ir dos horas por la autopista y no cruzarte con nadie», resalta. «Y es curioso también el entusiasmo con el que celebran el cumpleaños de la reina de Inglaterra», añade. Pero no todo podía ser bueno. La mayor queja la reserva para el precio de la comida. «Al ser una isla, todo es mucho más caro. Una berenjena me puede costar 30 dólares neozelandeses que, al cambio, equivalen a 15 euros. Una burrada».
El bolsillo nota el cambio, pero no tanto como el estado anímico. Ainara lleva muy mal estar tan lejos de su familia. «Si te fijas, la distancia que hay entre Bilbao y la ciudad donde yo vivo es la más larga que se puede dar en el planeta», explica. Eso se nota. «Extraño el ambiente del País Vasco, ir de poteo, comer unos pinchos... En definitiva, la calidad de vida. Despegarse de las raíces cuesta mucho. Así que cuanto más lejos me voy, más echo de menos aquello. Ahora mismo, me haría un irrintzi», bromea.





