
Era el día de Todos los Santos y la conmemoración no pasó inadvertida desde primera hora, especialmente, en las paradas de transporte público con destino a Derio. «Hemos escarmentado», confesaba la familia González-Ruiz de Basurto. Y es que muchos vizcaínos se han propuesto acabar con la incómoda tradición de soportar «el atasco de Todos los Santos» en las inmediaciones del cementerio. La estación de la línea Bilbao-Lezama presentaba el aspecto de un día laborable, pero los pasajeros adormilados con destino a los polígonos del Txorierri cedieron ayer su asiento a familias cargadas con aparatosos ramos de flores.
La línea ferroviaria rememoró, como cada 1 de noviembre, su época dorada en la primera década del siglo XX, cuando este ferrocarril era conocido como 'el tren de los muertos', ya que vivía del transporte de los difuntos y de aquellos que iban a visitarlos. La gente fue llegando al camposanto a borbotones, al ritmo que marcaban los trenes y autobuses, y la fluidez de tráfico fue la tónica dominante en las carreteras, según informó el Departamento de Interior del Gobierno vasco.
En el interior del camposanto el tránsito de familias era constante y los empleados, en más de una ocasión, tuvieron que ejercer de guía para aquellos a los que les falló la orientación o la memoria a la hora de encontrar el lugar de reposo de sus allegados. «Es una locura. De un año para otro siempre tengo que pedir 'sopitas'», lamentó ruborizada una visitante.
Visitantes habituales
Es el día de más trabajo en el cementerio, pero los empleados advierten de que no todos espacian tanto su visita. «Hay quien viene incluso todos los días», aseguró Agapito Malabe. «Por ejemplo, una señora que se acerca a primerísima hora, recorre las tumbas de sus familiares y, para las 11.00 se marcha», comentó este trabajador con más dos décadas de experiencia a sus espaldas.
Nada más cruzar la puerta, numerosos ramos de flores salpicaban las primeras manzanas de panteones familiares. Era la zona más tranquila. Apenas una docena de personas repartidas entre cientos de lápidas escrutaban hieráticas las cruces de piedra que recuerdan a los fallecidos, como si intentaran traer a la mente todo aquello que el paso del tiempo había relegado al olvido. Varios metros más allá, en las sepulturas a ras de suelo, el bullicio era mayor. Primos, tíos lejanos... Poco a poco iban encontrándose donde cada año y, tras depositar el ramo y charlar un rato, tocaba despedirse hasta la siguiente fecha señalada. A mediodía, esta campa habitualmente desangelada y cuadriculada por pequeñísimas losas hasta resultar exasperante, parecía cubierta por un enorme y grueso manto de flores. La mayor dosis de alegría y color la pusieron las familias de etnia gitana. Nunca descuidan el lugar de reposo de sus antepasados, pero ayer la visita fue especialmente larga y montañas de flores no dejaban a la vista ni un solo milímetro de sus sepulturas y panteones. Decenas de niños correteaban por la hierba, una imagen ahora inusual pero que hace unas décadas no hubiera sorprendido a nadie. Agapito Malabe, recuerda como «antes los niños del pueblo jugaban aquí. Esto era como un parque».
La imagen resulta inconcebible para aquellos que identifican los camposantos con una atmósfera macabra. «Vengo cada año porque es costumbre familiar y por traer a mi madre, pero ya tengo dicho que a nadie se le ocurra traerme a un sitio como éste cuando me muera». Idoia Sanz forma parte de ese amplio porcentaje partidario de la incineración. Por contra, otro visitante replicaba irónico: «¿Al final uno no va a poder ni morirse! Enseguida te queman y te tiran por ahí».
De hecho, muchos despojan al cementerio de connotaciones siniestras. «Aquí yace un hombre que nunca se aburrió», reza una de las lápidas. Otra, muestra una pecera en lugar de cruz. «Este cementerio sirvió de pasarela para un desfile nupcial en la década de los 80», recordó Malabe. Y, ¿qué mejor publicidad que tu propia obra? Tras concluir su inscripción en la lápida, algunos marmolistas aprovechan para cincelar al pie su nombre y número de teléfono. Al fin y al cabo, todos somos clientes potenciales.





