ACTUACIÓN
Ayer, día elegido por una coordinadora vecinal para informar del inicio de movilizaciones si no se iniciaba el acondicionamiento de los ascensores «tercermundistas» -acordado en julio entre el Gobierno vasco y Fincas y Transportes S.A., concesionaria del servicio-, el Ejecutivo autonómico emitió un comunicado para anunciar que el lunes empezará la rehabilitación de la infraestructura, que durará seis meses.
La noticia fue bien recibida por la coordinadora, pero una de sus portavoces, Alaitz Argando, recalcó que «aún queda pendiente otra de nuestras reivindicaciones: el rescate de la licencia por parte del Ayuntamiento o el Gobierno vasco». «Si el titular sigue siendo privado, la mala gestión continuará», explica Argando. El portavoz del PP en el Ayuntamiento, Antonio Basagoiti, se sumó ayer a esta reclamación: «La postura sensata es que el ascensor de Arangoiti se lleve igual que el de la Salve, el de Begoña o el funicular de Artxanda», manifestó.
Descenso de usuarios
El Gobierno vasco estima que esta actuación servirá para aumentar el número de usuarios de este servicio, que el año pasado registró 313.000 pasajeros, un 35% menos que en el ejercicio anterior. El departamento de Transportes y Obras Públicas achaca este importante descenso a «la sensación de falta de seguridad» que producen los ascensores.
Desde luego, quienes se ven obligados a utilizarlos a diario conocen de sobra esa «sensación». Pero ellos se manifiestan en términos menos 'light' y hablan de auténticas «fobias» producidas por los continuos parones de los elevadores. «Mucha gente ya no monta, le ha cogido miedo Da la impresión de que te estás jugando la vida», señala María Belén Rebollo, residente en el barrio. En ocasiones, los vecinos se han quedado atrapados 45 minutos y han tenido que ser rescatados por los Bomberos, denunciaron los asistentes a la concentración de ayer. «En el último año las averías y los parones han ido a más», apuntaron.
Para colmo, el uso de los ascensores es prácticamente obligado. Las otras opciones son, según repasa Pedro, coger el autobús, «que es caro y muchas veces no para porque viene lleno»; ir por las escaleras -«que están fatal y acabas agotado»-; o aventurarse por la carretera, donde además de luchar contra la pendiente hay que extremar las precauciones para no ser atropellado ni caerse. «Esperemos que todo se arregle antes de que haya que lamentar alguna desgracia», concluye Carlos.





