
Desde muy pequeña, Fátima Ahmed-Salem tenía claro que quería ayudar a los demás. Nacida en Mauritania hace 33 años, la guerra en el Sáhara obligó a su familia a trasladarse a los campamentos saharauis de Tinduf. Con apenas doce años pudo viajar a Cuba para continuar sus estudios y licenciarse en Psicología. Pero el título de poco le servía en otros países mientras no fuera homologado.
Tras una breve estancia en casa, recaló en España. Bilbao y Oviedo contribuyeron a ampliar su currículum con cursos y postgrados. «Me costó un año lograr que me validaran el título», explica con una gran sonrisa. No es para menos. Estrena su primer trabajo en Vitoria, donde vive desde febrero. Y por fin puede aplicar sus conocimientos sobre psicología. «La asociación de profesionales extranjeros Prestaturik me contrató hace dos semanas. Estoy encantada, esperaba desde hace tiempo esta oportunidad para coger experiencia», asegura.
Sabe que ha tenido suerte. Otros inmigrantes con títulos universitarios «tardan hasta siete años en homologarlos» y muchos no lo superan. «Cuando llegas a un país empiezas de cero y se te cae el mundo encima: has estudiado y te has formado, no encuentras nada adecuado. Si no eres fuerte psicológicamente, te desmotivas», detalla.
La acogida de la gente y las ideas preconcebidas -«muchos piensan que esto es de color de rosa»- también influyen, pero Fátima se revela como una mujer «independiente, luchadora y trabajadora». Tiene claro su deseo. De momento, quedarse en Vitoria «y aprovechar lo que tengo», pero más adelante le gustaría cumplir su sueño. «Instalar mi propio despacho en un Sáhara independiente y trabajar por los derechos de las mujeres».
Trabajo y sacrificio
Menos claro tiene el regreso a Colombia Rocío del Pilar Lemus. Esta camarera de 24 años recaló en la ciudad recién estrenada la mayoría de edad. «Mi madre vino primero y cuando logró los papeles, me trajo», rememora tras la barra del bar Victoria. En su localidad natal, Ibagué, «es difícil encontrar trabajo, aunque tengas estudios». De sus inicios como interna en una casa reconoce que «fue duro» y prefirió la hostelería. «Tuve la oportunidad de aprender y tener experiencia. Trabajo ocho horas diarias, seis días a la semana, pero otros están en fábricas. Estoy muy contenta, pagan bien y conoces gente», valora.
«Quizá nosotros aguantamos más cosas, no ponemos pegas por trabajar en festivos», apunta como causa de que uno de cada cuatro empleados de hostelería sea inmigrante. Eso sí, insiste en que «si se quiere se puede encontrar empleo, pero tienes que estar dispuesto a trabajar y sacrificarte».
¿Y los estudios? «Si estudias no trabajas, es imposible compaginar ambos y ahorrar...». Y es que, aunque vive con su madre y sus tres hermanas, ya piensa en la posibilidad de irse a un piso con su pareja. «Vine a trabajar para tener dinero y volver, pero te acostumbras a la tranquilidad de aquí y al trato con la gente. Así que lo de regresar... lo veo más lejano», concluye.









