Uno a uno, los policías que intervinieron en la investigación reconocieron que no habían encontrado huellas digitales de Talegón. No las había ni en los billetes, ni en el portal de la víctima, ni en las dos puertas de entrada al piso, ni en los interruptores de la luz, ni en la caja fuerte ni, por último, en el cuadro que la cubría. Esta circunstancia sorprendió a los asistentes al juicio.
Es más, tres de los ertzainass que realizaron la inspección ocular en la vivienda manifestaron a la letrada que «sí había huellas dactilares» en la cara exterior de al menos una puerta, pero que no eran de Talegón, sino de personas «sin identificar». Esos rastros se guardan «en una base de datos». También es cierto que, al mismo tiempo, uno de los policías corroboró que tampoco había huellas del acusado en el ascensor, cuando él mismo declaró el lunes que lo utilizó el día del crimen.
La abogada llegó a preguntarle al instructor de la investigación si había restos de dedos en el cuadro que tapaba la caja fuerte. «No, ni de ella -por la víctima-, ni de él -por Talegón-». «¿Y quién lo cogió entonces, un fantasma?», le replicó ella con ironía. «Bueno, a lo mejor lo limpiaron», soltó el agente, que minutos antes defendió que el autor del crimen «llevaba guantes».
Otra de las claves sobre las que puede pivotar la defensa del acusado es que los agentes dijeron que la mayoría de las manchas de sangre que rodeaban a la víctima estaban a menos de 70 centímetros del suelo. «¿No sería normal que entonces los zapatos y el pantalón del acusado estuvieran manchados?», preguntó la letrada una y otra vez. «Pues sí», llegó a decir un ertzaina. Otros dos policías no lo vieron tan claro y dijeron que eso «depende de otros factores».









