
El de Estíbaliz es sólo uno de los muchos casos que se vivieron entre las ocho y las once de la mañana en los diferentes centros de salud de Euskadi. Los servicios mínimos no cubrieron ni de lejos las necesidades de los usuarios, que abandonaron los ambulatorios con rostros de «impotencia e indignación». Esperanza Lechón tenía programado un escáner a las nueve y media en Doctor Areilza. La acompañaron su marido, José María Benito, y su hija Esperanza. La huelga cogió por sorpresa a toda la familia. «Cuando he visto a tanta gente en la puerta -en referencia a la concentración de los trabajadores- he pensado: a ver si va a estar citado medio Bilbao», reconoció José María. «De haberlo sabido hubiésemos venimos directamente a las once. Nosotros no tenemos la culpa, pero siempre acabamos pagándola los mismos», expresó Esperanza Benito.
Las mismas situaciones se repetían una y otra vez. En el hospital de Basurto la protesta sindical cobró mayor fuerza y el alboroto dejó boquiabierto a los que se encontraban en el edificio de consultas externas. Jacinto Pérez tenía hora a las ocho y media con el oculista, pero no le atendieron hasta las diez. «¿Y menos mal! Ya creíamos que no iba a entrar», señaló su mujer, Lucía Agreda. «De todos modos -apuntó- mucha gente ya sabía lo que iba a pasar y no ha venido. Cuando les llamaban para entrar no estaban, así que saltaban a los siguientes». Otros, como José Miguel López, tuvieron mejor suerte. «Yo también tenía oculista y me ha atendido sin problemas», señaló.
Colas para coger hora
Al restablecerse el servicio se formaron las colas. Todos ansiaban que llegara su turno para coger una nueva cita. «Vine a hacerme unos análisis a las ocho y media, pero como no me atendieron he vuelto para que me den hora otra vez», explicaba Puri Llamazares, después de esperar la larga fila que se formó en cuestión de minutos en el ambulatorio de Basurto. Tendrá que aguardar otros cuatro días para hacerse las pruebas. Lo que más le molestó, no obstante, fue la falta de información. «No les costaba nada habernos avisado. Nunca se debería llegar a estos extremos», concluyó.
El malestar también cundió en Álava y Guipúzcoa entre muchos usuarios de los ambulatorios, especialmente entre aquellos que acudían a pedir hora o extraerse sangre. «¿Hasta las narices me tienen!». Tan enfadada exclamación le salió del alma a Guillermo frente al mostrador de recepción del ambulatorio Olaguibel, en Vitoria. Eran las diez de la mañana y había acudido, tal y como le habían citado hacía ya varios días, a pedir número para que le pusieran la segunda dosis de la vacuna del tétanos. «Me dicen que hasta las once no hacen nada y entonces, si tienen algún hueco, me atenderán, y si no ¿qué? No es justo para los pacientes», protestaba indignado mientras atravesaba una concentración de trabajadores que secundaban los paros.
En el centro de salud de San Martín era Antonio Santamaría el que mostraba su malestar ante las empleadas del ambulatorio. «Me tienen que hacer una intervención y venía a pedir hora, pero me vuelvo con las mismas», se lamentaba. Lo peor, para él, había sido el madrugón «a las 6.30 de la mañana, más que nada para hacer esto, porque luego no paro en todo el día. Me trastoca todo los planes y a este paso a ver para cuándo me dan».







