«Entonces no éramos muchos, pero sí teníamos una ilusión enorme», apunta.
Ya no corría delante de los 'grises' ni se arriesgaba a la cárcel que amenazó al movimiento en la clandestinidad, pero sufrió en sus propias carnes otros atropellos. «Tenía una carta de admisión para entrar a trabajar en la Zanussi, pero cuando se enteraron de mi nombramiento, no me contrataron. Fue un palo muy grande. Tenía que subsistir y sacar adelante a la familia, los empresarios no me daban trabajo porque estaba significado sindicalmente y no me quedó otro remedio que salir de Logroño», recuerda.
Hoy, tres décadas después, regenta varias ortopedias en el País Vasco y está desvinculado del sindicalismo. «Todo pasó y ha merecido la pena, el sindicato actual es la utopía por la que luchábamos entonces y es una satisfacción tremenda ver los resultados de aquellos años tan duros y el futuro tan prometedor que todavía le queda a la UGT», afirma.
El pasado viernes revivió esos momentos junto a los otros cuatro secretarios generales de la central riojana.






