
De hecho, los restaurantes vitorianos tienen sus comedores abarrotados para los dos fines de semana anteriores a las fiestas. Y la previsión de los clientes crece cada año. Gran parte de las reservas comenzaron a cerrarse en torno a El Pilar. «A finales de septiembre ya teníamos bastantes mesas cogidas», apuntan en el Teide. «Hace más de un mes y medio», confirma Fernando Merino desde el Mesa.
El día más aceptado para cenar con el resto de la plantilla es el viernes, así que 14 y 21 de diciembre «son los primeros que se han llenado», indican en el Sagartoki. «Los tenemos petados», añaden en el Xixilu. Generalmente, los propios establecimientos facilitan unos menúes apropiados para este tipo de encuentros. Pero también son los propios comensales quienes pactan abundantes entrantes y platos a elegir con los dueños de los locales.
Menús y precios
Después de consultar con una quincena de restaurantes se llega a la conclusión de que, al margen de la lógica horquilla de precios, cada participante abona en torno a los cuarenta euros, que comprenden el vino y el café. «Los mismos clientes suelen decir 'que nos salga de 35 a 40 euros'», aclara el establecimiento de la plaza de Amárica. El Mesa, por ejemplo, ofrece siete menús completitos que van desde los 26,50 euros hasta los 41.
El Araba, capaz de acoger a 250 personas, comenta la propuesta más elegida por quienes lo seleccionan para despedir el año junto a los compañeros: jamón y lomo ibéricos, espárragos, ensalada de bacalao, fritos, almejas a la marinera, revuelto de setas y langostinos a la plancha para abrir boca; merluza o lubina y solomillo o entrecot para preceder al postre y el café. Todo por 34,90. «Luego hay algunas empresas que van más a boda, que incluyen carne y pescado».
En cuanto al tamaño de los grupos, hay de todo. El Bilibio, anuncia Roberto del Salvador, juntará la noche del 14 a sesenta empleados en torno a una sola y más que respetable mesa. Y abundan los colectivos de veinte a cuarenta trabajadores. A restaurantes como el Izaga, de aforo más limitado, los cuarenta comensales de uno de los viernes le limitan a salpicar el resto del local con mesas pequeñas.
El ambiente
El Albéniz no cambia su oferta por el hecho de dar cenas de empresa. Mantiene sus opciones de «cinco primeros y otros tantos segundos» de cualquier fin de semana. Y ofrece una pincelada del ambiente que rodea estas reuniones. «De empresa, no es para tirar cohetes», dice Txitxo.
Jon Santxotena, desde El Portalón, apunta una teoría sociológica que triunfaría en muchos debates. «No se le da tanta importancia en esas cenas a qué se come como al hecho de reunirse. Es algo así como una terapia de grupo», define el restaurador en plena era competitiva.
Ni siquiera el incremento de las hipotecas, maldito euríbor, o la carestía de la cesta de la compra han retraído este año la demanda de restaurantes antes de la Navidad. «Son fechas delicadas para las economías, pero ya ves», concluye Santxotena. Es una época de mordiscos, los que se propinan en la cena y los que desgarran los bolsillos. Pero en vísperas de Nochebuena parece primar el 'que no falte de nada'.









