Reconozco que aquel Bilbao apacible, sin pintadas, sin cáscaras de pipas, sin chicles en el suelo y sin tráfico rodado, tenía sus atractivos. Ver a los peatones como dueños casi absolutos de las aceras y las calzadas como si toda la calle fuera de su propiedad es algo envidiable, lo reconozco. Pero, ¿podríamos mantener esa envidia si entrásemos, por ejemplo, en uno de aquellos hogares de antaño? Entremos y veamos.
En primer lugar, si hay que subir al cuarto piso, lo haríamos andando. O, a lo sumo, descansando en uno de los asientos que solían colocarse en el rincón de los descansillos, en atención a las personas mayores, porque apenas existían ascensores.
Ya estamos dentro de casa y nos vamos a la cocina para preparar la comida. Tendremos que hacer astillas, encender el fuego, avivarlo con el soplillo y esperar a que la encimera de hierro se ponga caliente para poder guisar el cocido. Cocido que tardará un par de horas, porque aún no se ha inventado la olla a presión.
Estamos un tanto sudorosos y nos apetece una ducha y, como no se ha inventado el cuarto de baño, habrá que vestirse e ir hasta Recacoeche o Achuri, donde se encuentran las duchas municipales. Y vuelta a casa, donde hay que encender el fuego para hacer la cena. Y después de fregar, a la cama con una botella de agua caliente y el orinal, porque en casa no hay calefacción.
Y no quiero decirles nada si tienen una muela estropeada y se ven obligados a ir al sacamuelas, que hará la extracción sin anestesia. Pero, eso sí, con la ventaja (que no tienen los dentistas de hoy) de realizar la operación con acompañamiento de orquesta, astuto método utilizado para que no se oyesen los gritos del paciente.
Podríamos seguir, pero creo que no hace falta. Si con lo descrito alguien se atreve a añorar el Bilbao de ayer, que levante el dedo.





