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Nuestros huéspedes (Manuel Alcántara)
30.11.07 -

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Cualquier sociedad segrega elementos residuales, pero otra cosa es que los residuos de otras sociedades sean acogidos en la nuestra. Es un asunto delicado, entre otras cosas porque todos lo son, pero si alguien se queja de la pésima conducta de algún inmigrante es tachado de xenófobo, lo que equivale a acusar a las aves en general por prohibir, como se ha hecho en Venecia, las palomas, medida que se ha tenido que tomar para protegerse de sus excrementos.

Los españoles gozamos de una cierta fama de ser hospitalarios, si bien hay que reconocer que tenemos cierta predilección por quienes vienen en yate y no en cayuco. Siempre hemos tratado bien a los extranjeros, quizá porque nuestro sueño fue durante largos años ser uno de ellos. Ahora, quizá por la inapreciable colaboración de los rumanos, aspiramos a vivir lejos. No es que los despreciemos, sino que no han obtenido nuestro aprecio. La por ahora última Encuesta Social Europea revela que los españoles piensan que los inmigrantes hacen de nuestro país «un lugar peor para vivir». No es que se les exija, como hace la Generalitat, pruebas sobre su dominio del catalán para entrar en las universidades, sino pruebas de que no tienen antecedentes penales, para garantizar que no van a entrar a robar a las casas.

¿Es justo denominar a eso xenofobia? El diccionario de la Real Academia define el vocablo como «odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros». No conozco a nadie, claro que procuro tratar únicamente a personas decentes, que padezca esos sentimientos perturbadores del ánimo. Lo que ocurre es que se ha extendido la alarma y no nos fiamos de los pobres que hablan otro idioma. En realidad, la pobreza es una especie de esperanto. «Algarabía de allende, que el que la sabe no la habla, y el que la habla no la entiende». Salvo en el caso de que tenga dinero.
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