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-¿Satisfecho con esta distinción?
-Un poco sorprendido, aunque hace cinco años ya recibí este mismo premio, entonces en nombre de Nagusilan. Ahora se les ha ocurrido hacerlo a título personal y se lo agradezco, porque no trabajamos para que nos pongan medallas, pero tampoco voy a decir que me da rabia. Me lo tomo como el reconocimiento al colectivo y si algo me alegra es que de paso nos sirve de publicidad para salir en los medios de comunicación, aspecto importante para nosotros.
-¿Cómo recuerda los orígenes de Nagusilan?
-Fue hace 12 años y los hombres estábamos en clara mayoría, porque entre los 14 que empezamos sólo había una sola mujer. Ahora la cosa ha cambiado, pues ellas vienen a ser más de 400 de los 650 socios guipuzcoanos. En un principio nos tildaban de ser 'parcheadores' y creo que eso se ha superado, porque tratamos de estar al día de las necesidades y de avanzar en los planteamientos para trabajar en vanguardia.
-¿En qué medida han avanzado?
-Vamos más despacio de lo que creía, porque hasta el 2000 fueron años muy positivos, con viento a favor. Luego llegó un ventarrón en sentido contrario, sin saber bien por qué, y tenemos que seguir navegando contracorriente para aumentar el número de socios, teniendo en cuenta que por nuestras edades es bueno que se vaya renovando el personal con voluntarios jóvenes. Es obligado que crezcamos, porque también las necesidades son mayores, debido al envejecimiento progresivo de la sociedad.
-¿Qué mueve a un septuagenario a implicarse en el voluntariado de forma tan activa?
-La tendencia general hoy en día es conservadora. Hay quienes no se ofrecen como voluntarios ni para heredar, al entender que ya han trabajado bastante en su vida y piensan que a sus edades ya sólo tienen que preocuparse por pedir más locales de jubilados, precios más baratos y mejores pensiones, siempre en la línea reivindicativa. Nosotros nos lo planteamos desde un principio desde la perspectiva de qué podemos hacer los mayores en beneficio de nuestros coetáneos y de la sociedad en general, y ponemos todo el afán en conseguirlo. A mí me aporta el convencimiento de que hago algo positivo y este premio confirma que estamos en el buen camino. De hecho, que sigamos los mismos que empezamos en 1995 con igual empeño y entusiasmo ya quiere decir algo. Además, si con nuestras visitas y tertulias a personas un tanto apaleadas por la vida somos capaces de hacer aflorar una sonrisa en su rostro, ese es el mejor pago que podemos recibir.
La tristeza de la soledad
-¿Despedir la vida en soledad es el final más triste?
-Sí, sí. De mayores solemos tener muchas carencias. Generalmente, no abunda el dinero y hay otros problemas, pero lo más triste es la soledad. Es el terrible mal que queremos aliviar en lo posible. Eso de que uno cierre la puerta de su casa y sepa que ahí dentro no hay nadie más es duro. Al menos tienen la posibilidad de utilizar el teléfono, un servicio que llamamos 'el hilo de plata'. Es gratuito y consiste en que pueden llamar y ser llamados en ocasiones por voluntarios de nuestra asociación.
-La sociedad se inhibe. ¿Pensamos que nunca vamos a envejecer?
-Hay un anuncio de una compañía de seguros en el que el protagonista repara en que la jubilación está más cerca de lo que pensaba. Es algo que ocurre. Los casos más tristes son lo de quienes aun teniendo familia no reciben visitas. En las residencias se ha mejorado muchísimo en todos los aspectos y el personal se vuelca y hace un trabajo excelente, pero muchas veces se encuentran con la amargura de ver cómo algunos ancianos con tres o cuatro hijos no reciben ni una visita al mes, o incluso al año, y eso es una tragedia. Por eso luego ellos, inmersos en un gran vacío, agradecen tanto que se les visite y se les acompañe a dar un paseo por la calle, aunque algunos en un principio se muestren recelosos. Además, incluso se hacen amigos y se genera una corriente de sinceridad importante.
-¿Qué tiene ello de reivindicación?
-Creo que ya está superado aquello de que los mayores éramos unos trastos viejos a los que había que eliminar. Ahora tenemos el concepto de que somos gente con capacidad, aún válidos, y que hacemos muchas cosas buenas a la sociedad. Por ejemplo, cada vez hay más divorcios y separaciones, de manera que al final los abuelos tenemos que estar al quite para cualquier eventualidad que les suceda a los hijos y a los nietos.
-Guipúzcoa está a la cola de la natalidad en Europa y paralelamente crece la esperanza de vida. ¿Hacia dónde caminamos?
-Hacia una sociedad de viejos, de eso no hay duda, porque ahora somos en torno al 18% de la población y existe la previsión de que ese porcentaje seguirá aumentando. Estamos casi en una pirámide invertida.
-Conoció la administración local y provincial por dentro, ya que fue alcalde de Zumarraga y luego diputado. ¿Cómo vislumbra ahora su papel desde otra óptica?
-Eso tiene una ventaja, en cuanto a que tampoco pedimos cosas que no se puedan conseguir. Hay que ponerse un poco en la postura del que está al otro lado de la mesa y plantear propuestas que sean aceptables. Por cada duro que pedimos intentamos dar una respuesta que valga un poco más, para que tengan la certeza de que el apoyo que nos dan es merecido. Cuando llevas años trabajando en este mundillo te ganas la confianza de las asociaciones. Tenemos una buena organización financiera y ahí seguimos, pensando en clave de empresa, porque no se persiguen beneficios económicos, pero sí sociales.
Ser escuchados
-¿Qué es lo que más necesitan las personas de edad avanzada?
-Compañía, comprensión y que se las escuche, porque podemos hacer grandes discursos, pero a un señor que vive solo no le vayas a contar tus grandes proyectos, pues él tiene su problema y lo único que vale es escucharle. Cuando visito a alguien me impongo la norma de estar mucho más a la escucha que no a la predicación, porque no tengo que convencerle de nada, sino tratarle con cariño.
-A tenor de esas experiencias, ¿se siente un privilegiado?
-Tengo que agradecerle a Dios que me dé salud. No sé hasta cuándo será, pero estoy dispuesto a seguir así muchos años. En nuestra asociación tenemos muchos octogenarios, e incluso algunas personas de más de 90 años, y por eso hacer proyectos a largo plazo es pura utopía, pero también se debe pensar en el futuro, porque habrá otros más jóvenes que nosotros que seguirán nuestros pasos.
-¿Hasta dónde pueden llegar?
-Hay que trabajar siempre con la ilusión propia de los jóvenes y con la sensatez de la experiencia adquirida a lo largo del tiempo. Creo que podemos aportar con nuestras pocas fuerzas soluciones válidas para la atención a los mayores. Algunos de nosotros estamos metidos en foros de decisión de cierta importancia y no es cosa de cuatro chiflados que hacemos algunas cosillas, sino que nuestro planteamiento tiene algo más de base.





