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Vivencias cotidianas con el euskera
Cuatro personas relatan sus sensaciones; desde un alemán que hoy es el vicerrector de Euskera de la UPV hasta un funcionario que no ha podido con la lengua
02.12.07 -

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Vivencias cotidianas con el euskera
«Kaixo Ama, mañana tenemos azterketa de Gizarte. ¿Mi bocadillo?» Por raro que suene, esa era la caótica jerga en la que hablaban, a principios de los ochenta, los primeros chavales bilingües al llegar a casa. Una mezcla del euskera que aprendían en la ikastola y del castellano en el que se expresaban sus padres. Tiempos confusos en materia lingüística a los que la Ley del Euskera de 1982 intentó poner fin.

25 años después, más de la mitad de los vascos comprenden ambas lenguas (antes no llegaban a un tercio), y aquel simpático guirigay ha desaparecido. En muchos hogares 'aitas y semes' son euskaldunes, aunque los primeros se hayan dejado los codos en el euskaltegi hasta coger el ritmo. Con suerte desigual, unos 40.000 adultos se apuntan cada año a cursos de euskera. Begoña Heredero, por ejemplo, fue de las primeras, lo hizo hace más de un cuarto de siglo y hoy trabaja en la ikastola getxotarra Gobela como especialista en apoyo educativo; por contra, Ángel Puente ha tirado la toalla al poco de comenzar. Hay de todo, como en botica: el alemán Ludger Mees, vicerrector de Euskera de la UPV, ha demostrado que no es necesario nacer en Euskadi para dominar la lengua de Aitor y la vitoriana María Cariñena se esfuerza cada día por chapurrear algo, porque como dice la campaña 'Pixka bat, es mucho'. EL CORREO ha charlado con ellos en la víspera del Día Internacional del Euskera.

ÁNGEL PUENTE

Jefe de telefonía

de Txagorritxu

«Lo dejé porque me creó hipertensión y estrés»

Un descubrimiento y una decepción. Todo en el plazo de ocho meses. Comenzó como una nueva aventura lingüística, pero terminó con un rosario de problemas. Poco podía imaginar Ángel Puente, allá por octubre del año pasado, que su deseo de aprender euskera acabaría en la consulta del médico. Jefe de telefonía del hospital de Txagorritxu, este cántabro residente en Vitoria decidió aprender la lengua vasca. Por gusto, que no por obligación. A sus entonces 51 años, el plan de euskaldunización de Osakidetza para que sus empleados obtengan el Perfil Lingüístico 2 (PL2) no le afectaba. «Los mayores de 45 años que ya estaban dentro antes del plan están exentos», detalla. Aún así, decidió probar suerte visto su gusto por los idiomas. «Hice la Diplomatura de Educación General Básica por Filología francesa y hace años me interesé por el catalán y el gallego», resalta.

Los inicios fueron prometedores. «Antes sólo sabía agur y kaixo, pero los dos primeros niveles todo fue bien, me gustaba», añade sonriente. El primer obstáculo llegó en tercero. «En el euskaltegi dijeron que no estaba para pasar, pero al no haber grupo, salté directamente a cuarto sin ningún refuerzo», explica ya serio.

Los comentarios de noticias, las redacciones y las lecturas fueron complicándose y Ángel cada vez entendía menos: «No lograba que casaran las piezas». Al terminar, le propusieron estudiar el curso perdido -tercero- y con su grupo rehacer cuarto. Las dificultades de comprensión continuaron, y no por falta de dedicación. Cinco horas matinales de lunes a viernes, y por la tarde repaso, estudio y deberes en casa. «Todos teníamos más de 40 años y asimilar las cosas no es lo mismo que a los veinte. Necesitamos más tiempo y para alguien que no sabe nada, todas esas horas desde el principio es tremendo», recuerda este funcionario que, al final, «hasta soñaba en euskera».

Esta fijación degeneró en falta de sueño -«me dormía en clase, se me caía el papel y el bolígrafo»-, dolores de cabeza y, lo que es peor, estrés, ansiedad e hipertensión. Preocupado, acudió al médico y empezó a medicarse para controlar la tensión. Sin resultado. Hasta que, acabado el curso en junio, se marchó una semana de vacaciones. «En un día, pasé de tener la tensión por las nubes a tenerla normal, no me lo creía».

Encantado con su mejoría y decidido a no recaer, cortó por lo sano y dejó las clases. «Desde entonces estoy más tranquilo, antes veía que no llegaba, no entendía... y sé que a otros compañeros les pasaba igual y también lo han dejado», desvela. En su opinión, el fallo no está en el fondo, sino en la forma, es decir, en el método de enseñanza. «En 1.800 horas, el equivalente a dos cursos lectivos, tienen que conseguir que la gente se saque el nivel. Otros, yendo por su cuenta, tardan cinco años. Tienen un calendario marcado y deben darlo, aprendas o no», señala. Aún así, su deseo de aprender no se ha perdido del todo. «Tengo un programa de autoaprendizaje en casa y, cuando me apetece, practico un poco, a mi ritmo, sin agobios».

BEGOÑA HEREDERO

Especialista en apoyo educativo

«Hace veintitantos años éramos cuatro»

Cuando la getxotarra Begoña Heredero, de 43 años, comenzó a estudiar euskera no existían euskaltegis. «Hace más de veintitantos años de aquello y aunque ahora es normal ver a la gente con los libros camino de las clases, entonces éramos cuatro», recuerda. Aprendían en una improvisada sala encima del mercado de Las Arenas, donde hoy está el Aula de Cultura. «Me apetecía aprender». Sus amigas iban todas a la ikastola y le picaba el gusanillo. «Eran otros tiempos, entonces empezaba toda la movida del euskera y a mí me tiraba. Mis amigos lo hablaban y yo no», recuerda.

Comenzó como un juego, todos los días después de comer. «A las cuatro de la tarde, me acuerdo porque que era prontito. Nos juntábamos para charlar, estábamos pocos y lo pasábamos bien. Era divertido porque lo hacíamos con gusto. No teníamos la presión que existe ahora porque la gente necesita el euskera para el trabajo», relata. En aquella época hizo buenos amigos gracias a las clases y «todavía los mantengo». Como tantos otros, Begoña encontró en el euskera un vehículo para conocer gente.

Después se apuntó al centro Bilbaozaharra y cuando surgieron los primeros euskaltegis municipales pasó al de Romo, que abrió sus puertas en 1986. «Cada vez se ponía más difícil progresar y reconozco que cuesta, hay que meter muchas horas para hablar euskera con corrección», dice. «Sobre todo cuando te ponen la soga laboral al cuello. Es muy diferente estudiar por gusto que hacerlo con la presión de tener que demostrar un perfil lingüístico determinado. Y desgraciadamente hoy la mayoría de la gente se apunta a un euskaltegi precisamente por eso. También va gente por afición, pero para mí que el tema laboral pesa mucho».

Poco a poco, lo que comenzó como una afición fue ocupando más espacio en su vida. «Provengo de un ambiente euskaldun y, aunque mis padres no lo hablen, con el tiempo comienzas a comunicarte en euskera. Mi marido es euskaldunzaharra y eso ayuda». Y cuando aprobó las oposiciones del Gobierno vasco como especialista en apoyo educativo también empezó a utilizarlo profesionalmente. «Mi plaza es en euskera, por lo que toda mi vida se desarrolla hoy en esa lengua. Bueno, menos cuando discuto en casa con mis dos hijos. Entonces, te calientas y sale todo en castellano», bromea. Y ya que ella no pudo aprender en la escuela, para los chicos ha elegido la educación en euskera. «Me parece lo mejor. Además, como les pasa a casi todos los vascos, tienen la suerte de que la mitad de la familia, sus abuelos por ejemplo, son erdaldunes. Así que no hay peligro de que no dominen el castellano».

LUDGER MEES

Vicerrector de Euskera de la UPV

«Al principio fue horrible. Me sentía tonto»

«Aprender euskera es como un partido de fútbol entre un equipo de Primera y uno de Segunda. Un Real Madrid-Real Sociedad. Lo importante es aguantar los primeros quince minutos sin que te metan un gol. Al principio, todo es tan difícil y tan diferente que la tentación de dejarlo es grande, parece imposible aprender, pero no lo es». Ludger Mees lo sabe bien. Él nació en Alemania, en Essen en 1957, y cuando llegó al País Vasco no conocía una sola palabra de euskera. Hoy, además de una cátedra en Historia, dirige el vicerrectorado de Euskera de la UPV. «El euskera es un idioma como los otros y tiene su lógica interna, por lo que se puede estudiar. Si la gente aprende inglés, francés o alemán, ¿por qué no lo va a conseguir con el euskera?», se interroga.

Sus primeros contactos con el País Vasco fueron durante unas vacaciones en Gernika cuando tenía 15 años. «Eran los tiempos del franquismo y a mí me interesó mucho la situación política en Euskadi». De hecho, encaminó por ahí sus estudios universitarios y con su tesis doctoral abordó el nacionalismo y el movimiento obrero en Euskadi hasta 1923. «Fue cuando decidí que tenía que hablar en euskera. Vine a vivir aquí para documentarme, sería el 86, y me matriculé en el euskaltegi que HABE tenía en San Sebastián. Al principio fue horrible, me sentía tonto porque no sabía ni una palabra. Mis compañeros podían contar y decir kaixo y agur, pero yo era incapaz de diferenciar una palabra de la siguiente en una grabación que nos ponían en clase. Al final, me dedicaba a repetir sonidos sin sentido», reconoce. Pero no se desanimó. «Soy bastante cabeza cuadrada y a base de dar la pelmada al profesor y de meter horas, que hay que meter muchas, fui progresando. También obligué a mis amigos de Zarautz a que me hablaran en euskera. Y eso es complicado, cuando conoces a una persona en un idioma pedirle que te hable en otro cuesta mucho».

Hoy su vida diaria es una torre de Babel. «La mayoría del tiempo, con la cuadrilla y en el trabajo hablo en euskera, pero con los colegas internacionales normalmente hay que hacerlo en inglés, con mis hijos en casa en alemán y cuando vienen los abuelos de Pamplona o hay gente que no habla euskera, en castellano. Pero debería dejar de ser tan extraño. A mí me gustaría que nuestros alumnos pudieran expresarse en cuantas más lenguas mejor y en el futuro, casos como el mío, que un alemán sea el vicerrector de Euskera de una universidad vasca serán más frecuentes. ¿Por qué no iba a ser un vasco rector de una universidad alemana?».

MARÍA CARIÑENA

Ama de casa

«Me atrevo a chapurrear un poco, pero no en la calle»

A sus 55 años, María Cariñena se animó por fin a emprender una de sus ilusiones, estudiar euskera. O al menos sus rudimentos. Porque, como ella misma reconoce, tras tres años de lidiar con verbos y estructuras gramaticales, «con el izan y el ukan me aclaro, pero no me saques de ahí, ¿eh?». Más que suficiente para esta catalana, natural de Figueras, que hace 35 años aterrizó en Vitoria con su marido salmantino. «Siempre había querido aprender la lengua de aquí», recalca. El trabajo, sus dos hijos y después, el cuidado de sus suegros, lo retrasaron. Hasta hace poco. «Dije, ahora me toca a mí», y se lanzó con el entusiasmo de sus hijos, un marido algo reacio y unas sorprendidas amistades. «Las animo a apuntarse, pero dicen que ya tengo ganas de ponerme con esto. Me da igual, es lo que quiero», asume.

Ni corta ni perezosa, aprovechó las clases de los centros de Educación Permanente para Adultos (EPA) para unirse a uno de los grupos que, dos días por semana -martes y jueves- se sumerge en los misterios de la lengua. «Cuando lo estoy estudiando lo entiendo, pero después se me olvida casi todo», reconoce. Por eso, luego toca 'empollar' en casa, diccionario, lápiz y goma en mano. «Mi hija está encantada, me compra los libros, ahora es como mi madre», sonríe.

Con ella se aventura «a chapurrear un poco, lo típico». Pero ni hablar en la calle. «En Vitoria no se oye mucho. Ahora algo más entre los jóvenes, pero aún así se habla poco», se justifica. Tampoco lo entiende a la perfección. «No tengo educado el oído y cuando me hablan me suena a chino. Luego reacciono, pero en el momento no lo capto», asegura.

Reconocer lo que pone en algunos carteles o quedarse con ideas de lo que dicen por la tele la llena de júbilo y la anima a seguir con su tarea. Un esfuerzo que, para ella, merece la pena «si tienes interés y ganas. Me encanta lo que hago». Por eso quiere continuar el próximo curso. «Un año repetí primero, ahora estoy en segundo y, si se mantiene el grupo, queremos hacer tercero», anuncia. Eso sí, cree que son necesarias «más horas, porque sólo dos se queda corto». Y para el futuro, ya tiene garantizada la práctica con su pequeña nieta Noa, de 4 meses. «Irá a la ikastola y me enseñará mucho. Como será un lorito, me repetirá y se me va a quedar muy bien», concluye con el orgullo de cualquier amama.
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