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Tres trabajadoras de ayuda a domicilio repasan las «indignas» condiciones de su jornada laboral y los motivos por los que secundan la huelga en el sector
02.12.07 -

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VETERANÍA. Esther Conde lleva casi 20 años en el sector.
En plena vorágine por la aplicación de la Ley de Dependencia, las trabajadoras de ayuda a domicilio irán a la huelga para denunciar las «indignas» condiciones en las que desempeñan su labor. Los paros, con servicios mínimos, se llevarán a cabo en Nochebuena, Nochevieja y durante los días 2, 3 y 4 de enero. Tres empleadas en este sector desgranan cómo es el día a día de una auxiliar y los motivos que les llevan a secundar esta movilización.

ALICIA GRAÑA

Auxiliar. Getxo

Alicia Graña se levanta cada día a las seis y media de la mañana. Trabaja como auxiliar a domicilio y su jornada laboral empieza a las ocho. Da servicio a cuatro casas, cada una con unas características especiales. En total, seis horas de trabajo, «que siempre son siete». A primera hora acude al domicilio de una chica joven en silla de ruedas, que tiene un hijo. «La ayudo a levantarse, asearse, vestirse, a hacer las tareas e incluso a llevar a la niña al pediatra», enumera. Alicia también se ocupa de tres personas mayores dependientes: un hombre encamado y dos mujeres, una ciega y otra con artrosis degenerativa. «En muchos casos somos las únicas personas con las que hablan a lo largo del día», señala.

Las auxiliares se convierten en su contacto con el exterior y su salvaguarda para llevar una vida con un mínimo de calidad. Natural de Algorta, Alicia, de 41 años, lleva 17 como empleada de la empresa Lagunduz. «Antes trabajaba en el sector del comercio, pero lo dejé cuando tuve a mis dos hijos», relata. Con el paso del tiempo y por razones personales, se vio obligada a volver el mercado laboral. Entonces, le comentaron que la ayuda a domicilio necesitaba personal. Cobra alrededor de 900 euros al mes y ha vivido experiencias que no tienen precio.

«Una vez acompañé a una persona a hacerse una revisión a Cruces y fui yo la que estuvo delante cuando le diagnosticaron cáncer», revela. Lo que más le molesta, sin embargo, es que desde las empresas siempre «se nos esté apretando las tuercas para todo». «Cada vez que llega la hora de firmar el convenio tenemos que salir a la calle», justifica.

El escaso sueldo y el incremento de la temporalidad son dos de las razones que llevan a Alicia a unirse a la huelga. «Hay muchas mujeres que esperan todos los días junto al teléfono por si acaso se les llama para cubrir una sustitución. La disponibilidad es de seis de la mañana a diez de la noche. Encima, tienes que escuchar que no hay dinero, cuando es público, y que por pasear a un anciano cobramos suficiente. Las instituciones deberían controlar más el servicio que se presta. Al final, son las primeras responsables», critica.

ESTHER CONDE

Centro de Día de Santurtzi

Después de llevar casi veinte años en el sector de la ayuda a domicilio, Esther Conde tiene clara una cosa: «Como nuestro trabajo no es de cara al público, la gente no sabe todo lo que hacemos y, por consiguiente, no se valora como es debido». Hace siete años que Esther desempeña su labor en un Centro de Día de Santurtzi, pero tiene el mismo convenio que el de las auxiliares domiciliarias. De hecho, sus inicios fueron en este ámbito social. Cuando empezó a trabajar daba servicio a entre tres y cinco casas, según la época.

«Llegué a estar cuatro de mis seis horas en un domicilio en el que cuidaba de tres niños que habían perdido a su madre. Hice de todo menos darles de mamar porque tú eres la que sabes cuáles son las necesidades y no te paras a pensar que haces más de lo que realmente es de tu competencia», reconoce. Esther ha llevado también casos de personas encamadas y ha servido de acompañamiento de mayores. «El problema -apunta- es que sales de un sito para ir a otro y es muy difícil desconectar. La complejidad es terrible y te enfrentas a ello sola. Si la tercera edad está bien no es por los políticos, sino porque hay gente que estamos con ellos».

Esther empezó a trabajar como cuidadora al separarse de su marido. «Tenía que ganarme la vida, así que empecé a formarme. Estudié auxiliar de clínica por libre y acudí a todos los cursos del Inem, hasta que me llamaron de Garbialdi», explica. Su situación ha cambiado mucho desde entonces. «Ahora estoy en el centro de día desde las cuatro menos cuarto hasta las nueve de la noche, no tengo que desplazarme de un lado para otro y tengo los recursos a mano. Aún así, no se está cuidando nada a las trabajadoras», considera. Entre las reivindicaciones que defiende Esther se encuentran la de un aumento del sueldo que le permita mantener su poder adquisitivo y conseguir que se les cubra el 100% de las bajas. «En el último convenio nos subieron sólo 1,85 euros por trienio al mes y ni siquiera se nos recoge como accidente laboral el estrés o los problemas lumbares», reprocha.

CARMEN MACHO

Auxiliar y delegada sindical. Basauri

Carmen Macho, de 52 años y natural de Sopelana, empezó a trabajar en ayuda a domicilio en 1989, «fecha en la que se regularizó mejor el sector». Hasta no hace demasiado tiempo llevaba nada menos que seis domicilios, todos ellos ubicados en el municipio de Basauri. Ahora, concilia su labor de apoyo con su cargo como delegada sindical de CC OO. De ahí que sólo pueda encargarse de dos casas. Presta servicio todas las mañanas a dos mujeres mayores. La primera está esperando hacerse con una plaza en una residencia pero, mientras tanto, necesita ayuda de todo tipo. La segunda tiene problemas familiares y requiere de compañía. «Para ellas, acabas siendo más que sus hijas. La prueba es que nos reciben como si les llevásemos la vida», comenta. Por la tarde deja el uniforme de faena y se encierra en el despacho para estudiar cada uno de los aspectos que afectan a las trabajadoras. Cobra 1.103 euros al mes.

Circunstancias de la vida que prefiere no mencionar llevaron a Carmen unirse a la empresa Urgatzi. «Me permitía conciliar, de alguna forma, la vida laboral con la familiar», admite, si bien aclara que «este servicio nació con una problemática que todavía sigue vigente». Macho se refiere a varios aspectos concretos. Por un lado, a las horas que cada trabajadora mete de más a diario y que «no se contemplan en ningún lado».

Este mismo apartado engloba asimismo otras dos cuestiones: los desplazamientos y las bajas. «El tiempo que se tarda en ir de un servicio a otro no se contabiliza como jornada laboral. Además, si tienes un accidente durante el trayecto, sólo te cubre al 75%, y muchas compañeras tienen que soportar largas distancias entre un domicilio y otro», denuncia. La jornada anual, «que se traduciría en que un día podrías trabajar seis horas, otro cuatro y otro ninguna», es la piedra angular del bloqueo.

«Quieren flexibilizar aún más nuestro trabajo, cuando somos uno de los sectores con mayor disponibilidad que existen». Carmen censura la actitud de las empresas, pero también la de los ayuntamientos, responsables del servicio. Saben lo que supondrá una huelga para los usuarios. Aun así son conscientes de que «los ancianos nos apoyan porque ellos sí que saben todo el trabajo que hacemos», concluye.
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