'Aída' recomienza con un argumento de impacto: la vuelta al alcoholismo. El hundimiento físico y moral de la protagonista, literalmente ahogada en alcohol, es desolador. Los guionistas dirán que tratan de aportar una perspectiva nueva a la lucha contra el acoholismo. Me da igual. Lo que se ve en la serie es que presentan a una lamentable alcohólica como sujeto de chanzas sin fin, llevando el rotulador grueso hasta extremos abominables como, por ejemplo, la escena de la despedida del trabajo.
No termino de entender cómo puede presentarse en guisa cómica una situación tan trágica. Vale lo mismo para el entorno familiar de la protagonista, despreciada por sus hijos y aborrecida por su madre. Es verdad que alguna vez se dicen que se quieren: sucede en una escena en la que Aída y su hija coinciden, borrachas, en el portal de su casa. La escena es como para incluirla en cualquier especial de 'Doce meses, doce causas'. En la periferia del drama, los personajes van acentuando sus rasgos más miserables hasta llegar al abuso argumental.
La abuela se caracteriza por rajarse unos pedos de impresión. Chusma, digo Luisma, lleva su estupidez criminal hasta el extremo de planear el asesinato de Mauricio, pero quien termina siendo víctima de todos los intentos es el chino; el recurso, copia directa del viejo tebeo, se hace desagradable por el realismo de la imagen. Y así sucesivamente. Es difícil encontrar reunida en una sola serie mayor colección de bajas pasiones, miserias y podredumbres humanas. Pero, ya digo, 'Aída' es una serie muy poderosa. Un éxito, sí.











