Protesta airadamente Omar Khayyam. Vivió hace nueve siglos, pero muchos podemos oírle con toda claridad. Ser un gran partidario del líquido imponible y «conversar de vez en cuando una botella» con la mayoría de sus contemporáneos, especialmente si el vino era de color del rubí, no le hizo perder el tiempo: Omar no fue sólo un grandioso poeta, que es lo más que se puede ser, sino un matemático y un astrónomo y un médico. Construyó fortificaciones y escribió tratados de álgebra. No creo que haya en Bruselas ningún atareado ejecutivo que se le pueda comparar. Por eso debieran oír sus quejas. Ahora mismo está poniendo el grito en el cielo de España, sobre las monacales hileras verdes de las vides.
Eso de dirigir las producciones de los países europeos puede que esté bien pensado, pero también puede lograr que todos pensemos lo mismo. Conspira no sólo contra la felicidad, sino contra la diversidad, que es la gran musa del mundo. Además, hace falta tener muy mala uva para dedicarse a arrancar viñas. Sería preferible que quienes quieren reducirlas emplearan su valioso tiempo en escardar cebollinos. La vida se soporta, «tan doliente y tan corta», por unas cuantas cosas compartibles. Ya vendrá un tiempo donde no tengamos sed.











