Eran tiempos oscuros y la opinión pública norteamericana o la argentina conocía más detalles reales de lo que ocurría en los campos de concentración franquistas que los propios vecinos de Nanclares, Trespuentes y Víllodas, que asistieron asombrados cómo en poco más de 3 años se levantó un complejo de ocho barracones, edificios auxiliares, alambradas, garitas y una torre de control con ametralladoras, del más puro diseño nazi. Un lema en el arco de entrada reflejaba la atmósfera del momento: «Se puede perder todo menos el orgullo de ser español». El lugar elegido fue un montículo situado en un espectacular meandro del río Zadorra -un paisaje parecido a Iruña-Veleia- que hacía de foso de seguridad.
El testimonio del prisionero cuenta que durante los 4 meses que él permaneció dentro murieron apaleados 3 extranjeros y 11 españoles fueron fusilados o muertos también a palos. Los relatos son de una crudeza que ponen los pelos de punta. Otro prisionero relata a Guido Flores que uno de los castigos habituales era «atar a los infractores las manos a la espalda, arrojarle s el alimento al suelo y hacerles comer como animales».
Cabezas rasuradas
También se narra que los aviadores norteamericanos derribados que huían de Francia y que eran recluidos en Nanclares se quejaban de la rasuración de la cabeza, «algo que se practicaba a diario y era la más desmoralizadora indignidad del régimen penitenciario». La falta absoluta de higiene del campo también se resalta. «Los sábados eran llevados a tropel a orillas del río y esa era la única medida de higiene que se conocía», relata el artículo de La Nación.
Gran parte de estas crueldades ya se subrayaron también en el que ha sido hasta ahora el estudio más profundo sobre la historia de este penal, el libro del profesor e historiador Juan José Monago, 'El Campo de Concentración de Nanclares de la Oca, 1940-1947', editado en 1988 por el Gobierno vasco. Monago admite que algunos de los documentos expuestos en la muestra del archivo no los conocía.
El autor tuvo que recurrir a fuentes indirectas, los libros médicos del campo escritos por Mariano González y a entrevistas a vecinos de Nanclares, porque se encontró con un silencio absoluto por parte de los archivos oficiales. «Cuando los aliados derrotaron a la Alemania nazi, el régimen franquista hizo desaparecer toda la documentación sobre los campos de concentración, que también cambió de nombre por el de colonias penitenciarias militares . No se hablaba de ellos. Formaron parte de la maquinaria de terror y represiva que se puso en marcha contra los perdedores. El hambre, las enfermedades como la tuberculosis o la avitaminosis, el adoctrinamiento ideológico, el trabajo durísimo de cantera, eran las duras condiciones de vida de los recluidos », destaca Monago.
«Homosexuales»
Los primeros prisioneros, procedentes de otro campo, Miranda de Ebro, llegaron en diciembre de 1940. Precisamente, Nanclares cumplía el objetivo de aliviar el hacinamiento de este centro de distribución mucho más importante. Ocuparon la aldea de Gárabo y el colegio de los Menesianos, que según recoge el autor del libro tuvieron una actitud muy humanitaria con los prisioneros. De ellos son las únicas fotos.
El campo no sólo se utilizó para prisioneros políticos. Había delincuentes comunes, estraperlistas y una población muy especial que se destinó aquí, la de los homosexuales, muy perseguidos durante el franquismo. Una ley republicana del bienio derechista, la de vagos y maleantes, permitía enviar a la cárcel a la gente de manera preventiva.
La exposición del Archivo Histórico, que hace también un recorrido histórico del campo de concentración francés de Bram para exiliados españoles, ofrece la posibilidad de conseguir los expedientes carcelarios de cientos de vitorianos entre 1934 y 1951 -incluye toda la época de represión franquista-, una oferta novedosa que abre a los historiadores una ingente documentación y que ha animado a muchas personas a reclamar esa información «para conocer por vez primera que fue de sus familiares», según destacó el director del archivo, José Antonio Sáinz.









