
SU HISTORIA
SU HISTORIA
Nunca imaginó verse entre fogones -no dejaba de ser un pasatiempo-, y de hecho los estudios los enfocó hacia una rama bien diferente, puesto que terminó Informática. «Estudié la carrera en Deusto, pero terminé un poco cansado y, aunque luego ejercí esa profesión casi durante cinco años, primero en Alicante y luego en Madrid, llegó un momento en el que ya no pude más y desconecté», explica, sin un ápice de arrepentimiento. «Suelo decir que me cansan los informáticos, me agotan muy rápido», sonríe. «Como medio de subsistencia está bien, pero si al final tienes que llevarte el trabajo a casa y prescindir de tu tiempo libre, pues no». «Por eso cambié radicalmente -continúa- y me volqué en otra cosa que siempre me ha gustado, pero jamás pensé que me pudiera dedicar a ello profesionalmente, como la cocina. Un día le eché un par de narices y, hace ya tres años, me puse a trabajar de cocinero».
En realidad ve en ello un medio de sustento, porque lo que ronda su cabeza va en una dirección muy distinta. «El trabajo lo he ido compaginando con el tema musical, tocando de vez en cuando en algún local del centro y haciendo otras cosas», apunta. Y es que sus inquietudes permanecen inalterables. «Estudié música cuando era pequeño y he estado metido en mil historias de ese tipo. Primero en el pueblo, luego grabé un disco e intenté moverlo por todos los lados, viajando de aquí para allá a tocar en cualquier sitio. Aquel proyecto se quedó un poco varado y seguí tocando donde me surgía la oportunidad». «He participado -prosigue- en un disco promovido por una editorial de poesía del barrio de Lavapiés, donde vivo. Hace un año se decidieron a grabar un doble 'cd' con gente que tocaba por los bares de la zona, pero ha salido ahora».
Álex ha insistido como el que más, y de hecho sigue haciéndolo, aunque a veces también ha tenido que reconducir sus ilusiones. «La música es muy importante para mí y sería muy bonito vivir de ella, pero me conformo con convivir. Al menos voy haciendo cosas que me parecen interesantes, me divierten y me aportan energía». Así, hasta hace un año solía tocar una vez al mes en un local de unos amigos, pero lo ha dejado «un poco de lado», porque le resulta «bastante cansado», comenta. «Me he metido en otras facetas que guardan relación con este mundillo, como colaborar en la preparación de música de cortometrajes, o de teatro, con el grupo Imedio, haciendo de técnico de sonido y participando en la ambientación sonora de la obra»,
Un sitio desconocido
Todo este proceso ha provocado en él una lógica evolución. «Hubo un tiempo en el que igual me definía eso de ser cantautor, porque iba con mi guitarra de un sitio a otro, cantando mis canciones, pero hace tiempo que estoy cansado de esa historia, porque es durísimo estar aguantando la vela tú solo y sin mucha respuesta». Ahora, sin embargo, le da «un poco a todo», afirma, y en sus experiencias teatrales compone con ayuda del ordenador. «No voy a decir que es música electrónica, pero es bueno investigar y con la informática se pueden hacer cosas muy bonitas».
El cordón umbilical con Ermua perdura, pues sigue teniendo a sus padres y familiares, pero reconoce que cada vez se deja ver menos y cuando lo hace casi siempre es en compañía de su novia, Beatriz. «Va por oleadas. A veces voy más y otras épocas me tiro seis meses sin ir. No tengo mucha morriña, pero mantengo el contacto».
Álex sostiene que en cada visita percibe algo distinto. «Siempre digo que si alguna vez regresara a Ermua para quedarme no sería una vuelta, sino una ida, porque ya no es el pueblo que dejé. Es un viaje hacia adelante, porque Ermua ha cambiado muchísimo y tendría que reaprender muchas cosas». «Casi sería -sigue reflexionando- como ir a un sitio desconocido, porque los hábitos de tu gente han variado y también la localidad en general». Eso sí, observa que Ermua «cada vez está mejor», y califica de «espectacular» la progresión urbanística.
«Siempre me encuentro un edificio o una infraestructura nueva. Es espectacular la vida que tiene y cuando observo la evolución de otros pueblos me doy cuenta de que en Ermua hay ganas de hacer cosas. Si ha cambiado a mejor -concluye- es porque la gente y las instituciones quieren y se preocupan porque así sea».





