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La gota de leche
En 1927, los bilbaínos vieron peligrar una de las instituciones que más había trabajado a favor de la mejora de la salud, la higiene y de una alimentación correcta de los niños
09.12.07 -

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La gota de leche
LA MISERICORDIA. Centro emblemático de la beneficencia bilbaína. / EL CORREO
La alarma saltó a finales de 1927. La Beneficencia Domiciliaria tenía los días contados. Una nueva ley prohibía a las instituciones locales costear cualquier servicio de intervención social y, sobre todo, aquellos relacionados con la beneficencia. Al parecer no habían sido pocos los ayuntamientos en los que, bajo la excusa de ayudar a los más necesitados, se habían creado bolsas de corrupción auténticamente escandalosas. Y aunque no parecía ser éste el caso de Bilbao donde, desde 1891, año en el que se aprobó el Reglamento de la Beneficencia Domicialiaria, el servicio había funcionado sin que se produjeran sospechas de ningún tipo, las autoridades bilbaínas se vieron en la obligación de poner fin a una labor que, hasta ese momento, había sido ejemplar.

Una de las consecuencias inmediatas de aquella medida, y que provocó toda una ola de indignación en los medios de la época, afectaba a una de las instituciones más eficaces, sobre todo en su lucha contra la mortalidad infantil, de cuantas habían existido hasta el momento: La gota de leche. «¿¿Nuestros niños, -señalaba El Noticiero Bilbaíno-, los lactantes desvalidos, nuestros pobres vergonzantes, los más pobres de todos los pobres van a perder el más recio seguro de vida que la Caridad de Bilbao supo crearles y no puede mantener !!».

La institución 'La gota de leche' llegó a Bilbao en 1904, aunque en realidad su presentación oficial la hizo el 31 de diciembre de 1903. Fue ese mismo día cuando, bajo su patrocinio, se inauguró una máquina muy especial que permitía maternizar la leche de vaca. El principal objetivo de aquella iniciativa de origen francés no era otro que la «lucha contra la mortalidad infantil, originada principalmente por la defectuosa alimentación de los lactantes». Integrada desde el principio en los servicios ofrecidos por la Beneficencia municipal, su política iba encaminada a procurar, por todos los medios posibles, propagar la lactancia materna a través de la obligación por la fuerza de la convicción «a que sea siempre la madre la que críe al hijo a sus pechos, ayudándose si fuera insuficiente con una leche especial científicamente preparada y apropiada a la edad del niño». Sólo en casos muy excepcionales la institución podría aconsejar alimentar al niño por métodos artificiales.

Consejos sobre la cría

Para cumplir con todos esos propósitos se establecía una consulta diaria, totalmente gratuita, a la que podían acudir las madres que quisieran, independientemente de su posición social. En ella se les daba consejos sobre cómo amamantar y criar a sus hijos. Tras esto se establecía un serio control de pesaje y observación de las criaturas para determinar la eficacia y aprovechamiento de esas consultas. Otro de los servicios era el del suministro de leche maternizada, gratis para los más pobres y a precios asequibles para aquellos que pudieran pagarla. En casos muy especiales se ofrecía un servicio de nodrizas bajo una severa vigilancia facultativa. Por último, la gota de leche proveía, de manera gratuita, de medicamentos y alimentos a los niños pobres y enfermos. Todo esto era escrupulosamente controlado por una comisión auxiliar, filial de la Junta de Beneficencia Domicialiaria. Bajo sus competencias recaían las inspecciones de las dependencias y la resolución de los casos urgentes.

Para facilitar el acceso a los servicios que ofrecía la institución, se estableció una división de las madres según sus medios económicos. En el primer grupo se hallaban aquellas que podían pagarse la leche. Éstas estaban obligadas a pasar consulta cada mes. Las del segundo tipo, las pobres, recibían gratis la leche del niño y, si era necesario, raciones de comida para ellas. En este caso podían llevar al niño a consulta las veces que estimasen conveniente, aunque se aconsejaba que las visitas se redujesen a una al mes. En ambos casos, los niños eran pesados y examinados. Por supuesto que se les exigía a las madres, sobre todo a las pobres, un plus de responsabilidad y seriedad. De no ser así, cuando una se saltaba la consulta durante tres semanas seguidas, «sin causa que lo justifique plenamente, o desatiende reiteradamente los consejos facultativos, pierde el derecho al beneficio que viene recibiendo, el cual es conferido a otra madre más celosa en el cumplimiento de su altísimo deber».

Doctor Entrecanales

En los casos en los que se reconocía que la madre no podía amamantar a su hijo, se establecía un programa de entrega diaria de biberones. Los tipos de leche que se expedían en el establecimiento eran de tres clases: esterilizada, maternizada y cruda. Esta última se servía en frascos asépticos. También en este caso el precio variaba según la procedencia social de la madre. Para las de clase acomodada el litro de leche se les vendía a peseta. A las de clase media, a 0,70 y, a las pobres, al precio simbólico de 0,10. Se dejaba claro que la calidad de la leche era exactamente la misma.

El director de la institución -el doctor Entrecanales fue el más longevo en su puesto, ya que la dirigió desde 1907 hasta finales de la Guerra Civil-, tenía, entre otras funciones, la de inspeccionar todas las operaciones de preparación de la leche, dictar órdenes para mantener la higiene del centro, asistir a consulta, llevar un libro registro del movimiento del consultorio y, obviamente, «velar por el buen nombre y prestigio de la institución». También era él quien corregía a aquellas madres que no cumplían con las instrucciones dadas en el consultorio.

Afortunadamente, a pesar de los temores de una desaparición total de la institución en 1927, las cajas de ahorro se hicieron cargo de este servicio al incorporarlo gradualmente a su obra social y más específicamente a su red de guarderías. Así se pudo salvar la obra de 'La gota de leche', además de extenderla por todos los rincones de Vizcaya.
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