Venga, menos rollo. El Ballet Nacional Español (hay que aclararlo, pues debido al 'Estatut' ahora las instituciones catalanas también pueden lucir vitola de nacional; vaya lío, ¿verdad?) presentó dos piezas distintas. Sobre la primera, un homenaje al bailaor Antonio con música pregrabada y ambiente de musical de Broadway cañí, no nos pronunciaremos, pero les advertimos que casi nos dormimos en el patio de butacas. Tras el refrigerio del intermedio (birra y tortilla, ¿a la cuenta de gastos!), nos dispusimos para la segunda parte, la que despertó nuestro interés, ésta de lo bueno lo mejor, de lo mejor lo superior. Se trataba del programa 'Café de Chinitas', inspirado en el surrealismo de Salvador Dalí y basado en textos de Federico García Lorca musicados por el excelente pianista de jazz Chano Domínguez y entonados casi todos por la honda cantaora Esperanza Fernández, la más ovacionada del plantel, en total una cuarentena de artistas.
Hormigas en el iris
Fue un espectáculo colorista y polifacético que explotó equilibradamente la plástica del ballet, la música en vivo (con una banda eléctrica oculta tras el telón y un par de veces un cuadro flamenco desenchufado en vanguardia del tablado), la voz ronca y enlatada del maestro Dalí («soy excéntrico y concéntrico», repetía al principio) y los fondos variados (motivos tan dalinianos como los relojes blandos cayendo del cielo o los ojos colgando del techo, algunos con hormigas escapando por el iris).
Diez piezas tuvo este variado programa que graciosa y gratamente fluctuó en tensión (pero nunca en emoción, pues no decayó el interés) al transitar entre el flamenco modernista ('Café de Chinitas' remitió al palo progresivo de los hoy en boga Elbicho, 'Zorongo' se tiró hacia la fusión funk de festival jazzístico) y el más prístino ('Seguiriya del destino', con baile de Ana Moya en plan la Sara Baras más arrebatada), picando en algún son celebérrimo ('La tarara') y llevando las 'Sevillanas' al éter indie pero sin pecar de ridiculez.





