
«Se llevó por delante una camiseta que tenía tendida en el colgador y entró en la vivienda. Menos mal que yo estaba agachada en la otra esquina», describía ayer la mujer, todavía con el susto en el cuerpo. La piedra, algo más grande que un puño y con un peso aproximado de un kilo, impactó contra la puerta del balcón, resquebrajando por completo el doble cristal. «Sentí que me estallaban los oídos», añade. Obdulia estaba en ese momento sola en casa. Su marido, José Martínez, había salido a dar un paseo. «No sabía qué hacer, le grité desde casa a uno de los obreros, pero no me hizo caso, así que llamé a la Policía Municipal», relata la mujer. El matrimonio lleva 34 años viviendo en el barrio y nunca les había pasado algo así. «Y doy gracias que, al fin y al cabo, no ha pasado nada grave», comenta Obdulia. Ambos se quedaban ayer al cuidado de sus nietos, aunque por fortuna no habían llegado cuando ocurrió todo. Uno de los pequeños tiene sólo año y medio y persigue a su abuela por cada rincón. «Si hubiese venido, seguro que habría estado junto a la puerta. Me lo podía haber matado», comenta.
Menos carga
Cuando José llegó a casa no podía creerse lo que estaba viendo. El pedrusco continuaba en el suelo y la cocina estaba repleta de cristales. «Yo he sido testigo de cómo entraba la roca. Cuando la vi volando, pensé que iba directa a mi casa», le confesó José Manuel Ayesta, su vecino del cuarto. «Estas cosas pasan porque le ponen más carga explosiva de la que deberían. Si colocasen la justa, ibas a ver cómo no afectaba a los edificios», reflexionaba José, mientras sujetaba el comunicado con el que la empresa avisa a los vecinos de la hora de las voladuras. Por ahora, su seguro se hará cargo de colocar un cristal nuevo. «Luego, ya se arreglarán con la empresa», apunta Obdulia.
Éste no es, sin embargo, el único incidente derivado de las explosiones. Pequeños fragmentos de roca alcanzaron hace varios meses el tejado de un caserío cercano a los tres edificios de viviendas afectados ayer, y un vecino del tercer portal se las vio y deseó para quitar el barro que quedó incrustado en sus ventanas. «Menos mal que tenía las persianas bajadas», dice.
Fuentes de la UTE responsable de los trabajos aseguraron ayer desconocer lo ocurrido en casa de Obdulia y José, si bien quisieron dejar claro que, pese a que «pueden ocurrir estas cosas por cuestiones del terreno, las voladuras están controladas».





