Es inútil intentar esconderse para escapar del asedio. No hay escape. Es inútil buscar un escondrijo. En todos los puntos de la rosa de los vientos publicitarios, ya sea la radio, la prensa, la televisión, los escaparates, las vías urbanas o interurbanas, en cada esquina, en cada calle, en cada escaparate, en cada televisor o en cada radio, allí están ellos con la escopeta lista para disparar.
Me asedian los turroneros, los pasteleros con sus dulces, los almacenes con sus regalos, los comerciantes con sus adornos, las calles con su iluminación, los perfumistas anunciando aromas excitantes, los relojeros con sus modelos deslumbrantes y hasta un jamonero ofreciendo suculentos jamones y chorizos.Y sin contar la lotería, que esa viene dándome el turre desde el verano.
Los únicos que no me acechan son los jugueteros, porque, afortunadamente, mis nietos han pasado ya de los juguetes y ahora lo que quieren es tela marinera. El único problema que se me plantea se refiere a la cantidad, porque mis nietos tienen un concepto diferente al mío respecto a la cuantía de las propinas. Cosas de la edad.
En estos días no puedo salir a la calle, oír la radio o ver la televisión sin que aparezca un cazador con su escopeta publicitaria dispuesto a soltarme la perdigonada. Por todas partes el disparo, por doquier el acecho y así hasta el 7 de enero, en que cesa la cacería y vuelve la tranquilidad.
Por eso digo que en estas fechas me entra siempre ese complejo de pato indefenso a merced del ejército de cazadores empeñados en no dejarme ni una pluma en el bolsillo y que no abandonarán su puesto hasta que, pasada la fecha de Reyes, vuelvan los cazadores a sus cuarteles de invierno a preparar la cacería de las rebajas.
No sé si este fenómeno me ocurre sólo a mí o también les ocurre a ustedes, amables lectores. Por lo que tengo oído, se trata de un complejo nacional.





