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ANTONIO AMORTEGUI, COMERCIANTE
«Siempre quise que mis hijos tuvieran un local propio»
14.12.07 -

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«Siempre quise que mis hijos tuvieran un local propio»
EN GORDÓNIZ. Fruta fresca en la tienda de Amortegui. / EL CORREO
El establecimiento en el que se encuentra es «el primero de los tres». Compró la lonja con sus ahorros y se embarcó en una aventura que actualmente «marcha muy bien». Tan bien que, en este momento, ya tiene dos sucursales. «Hace poco abrimos dos tiendas, aquí cerquita, en la calle Labayru. Una tiene lo mismo que esta, además de la frutería, y la otra es una panadería donde horneamos productos de allá».

Aunque los inicios no fueron sencillos, los resultados están a la vista, porque el escaparate y las estanterías son un compendio latino, y los clientes -de todas partes- no cesan de entrar y comprar.

«La mayor parte de la clientela es de origen latinoamericano, pero cada vez vienen más personas que han nacido en Bilbao. La gente de aquí siente curiosidad, entra al local y pregunta qué son las cosas. Y también vienen vecinas a buscar la fruta fresca». De su amplia oferta, ese es el producto estrella. «Los plátanos maduros, el tomate de árbol, los mangos y la yuca se venden muy bien -explica Antonio-, igual que las galletas y la harina. Cada uno viene a buscar lo que extraña de su tierra o a probar algunos los productos que traemos de otras partes».

Lo interesante del caso es lo mucho que Antonio ha aprendido. Como en cualquier ultramarino, se fomenta la conversación y de ese modo «conoces más cosas», no sólo sobre los productos sino, también, sobre las culturas. «Aprendes palabras, costumbres y recetas. Aprendes a distinguir los acentos, a entender qué echa en falta cada uno, qué le preocupa, cómo es su país». Y, de paso, a ver la integración funcionando: «Aquí vienen muchas parejas mixtas o grupos de amigos con gente de aquí y de allá. Es sorprendente cómo la comida sirve de nexo para contarse cosas».

El trabajo de dependiente es «bastante sacrificado», más cuando se tienen tres tiendas y sólo hay cuatro miembros en la familia. Las vacaciones las cogen «de a uno», pero ningún Amortegui se queja: «Mis hijos tienen trabajo estable y, con el tiempo, manejarán todo. Siempre quise que se organizaran y que tuvieran algo propio. Me parece muy positivo que, con veinte o veintiún años, hayan cogido un rumbo, sepan dirigir un negocio y no anden por ahí», explica.

Aunque los hijos de Antonio estén «aprendiendo de a poco», lo que ya saben de sobra es plantar cara y sumar horas, porque los establecimientos permanecen abiertos desde las 9 de la mañana hasta las 21.30, todos los días de la semana, incluidos festivos. «Los domingos, en realidad, son los días que más vendemos. La gente piensa que es cómodo y que ofrecemos un buen servicio».

El horario coincide con los días libres de gran parte de los extranjeros. De un tiempo a esta parte también saca del apuro a los bares cuando se quedan sin provisiones. «Hace cinco años no era tan común. Actualmente le vendemos a bares y restaurantes, y a muchos, al por mayor. Hay cantidad de establecimientos especializados en comida latina que nos compran los ingredientes para preparar sus platos», desvela y añade: «La inmigración está moviendo el comercio».

Tal vez uno de los secretos sea el constante movimiento, el querer ir a por más. «Uno viene con la idea de progresar y para eso hay que esforzarse», dice Antonio.
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