
CIFRAS
Aunque los inicios no fueron sencillos, los resultados están a la vista, porque el escaparate y las estanterías son un compendio latino, y los clientes -de todas partes- no cesan de entrar y comprar.
«La mayor parte de la clientela es de origen latinoamericano, pero cada vez vienen más personas que han nacido en Bilbao. La gente de aquí siente curiosidad, entra al local y pregunta qué son las cosas. Y también vienen vecinas a buscar la fruta fresca». De su amplia oferta, ese es el producto estrella. «Los plátanos maduros, el tomate de árbol, los mangos y la yuca se venden muy bien -explica Antonio-, igual que las galletas y la harina. Cada uno viene a buscar lo que extraña de su tierra o a probar algunos los productos que traemos de otras partes».
Lo interesante del caso es lo mucho que Antonio ha aprendido. Como en cualquier ultramarino, se fomenta la conversación y de ese modo «conoces más cosas», no sólo sobre los productos sino, también, sobre las culturas. «Aprendes palabras, costumbres y recetas. Aprendes a distinguir los acentos, a entender qué echa en falta cada uno, qué le preocupa, cómo es su país». Y, de paso, a ver la integración funcionando: «Aquí vienen muchas parejas mixtas o grupos de amigos con gente de aquí y de allá. Es sorprendente cómo la comida sirve de nexo para contarse cosas».
El trabajo de dependiente es «bastante sacrificado», más cuando se tienen tres tiendas y sólo hay cuatro miembros en la familia. Las vacaciones las cogen «de a uno», pero ningún Amortegui se queja: «Mis hijos tienen trabajo estable y, con el tiempo, manejarán todo. Siempre quise que se organizaran y que tuvieran algo propio. Me parece muy positivo que, con veinte o veintiún años, hayan cogido un rumbo, sepan dirigir un negocio y no anden por ahí», explica.
Aunque los hijos de Antonio estén «aprendiendo de a poco», lo que ya saben de sobra es plantar cara y sumar horas, porque los establecimientos permanecen abiertos desde las 9 de la mañana hasta las 21.30, todos los días de la semana, incluidos festivos. «Los domingos, en realidad, son los días que más vendemos. La gente piensa que es cómodo y que ofrecemos un buen servicio».
El horario coincide con los días libres de gran parte de los extranjeros. De un tiempo a esta parte también saca del apuro a los bares cuando se quedan sin provisiones. «Hace cinco años no era tan común. Actualmente le vendemos a bares y restaurantes, y a muchos, al por mayor. Hay cantidad de establecimientos especializados en comida latina que nos compran los ingredientes para preparar sus platos», desvela y añade: «La inmigración está moviendo el comercio».
Tal vez uno de los secretos sea el constante movimiento, el querer ir a por más. «Uno viene con la idea de progresar y para eso hay que esforzarse», dice Antonio.





