
Pero, sobre todo, eran los bisabuelos del niño, que se habían encargado de cuidarlo y sacarlo adelante desde que era un bebé, los que más afligidos se mostraban. «Para mí es muy fuerte soportar este dolor, pero para mi abuela lo es todavía más, porque lo ha criado ella», reconocía la propia madre. A Jennifer no se le iba de la cabeza la tristeza en la que se encuentra sumida la anciana mujer: «Repite una y otra vez que se ha quedado sola, que lo único que tenía se lo ha llevado Dios», se dolía la joven.
La madre de Raúl ni siquiera comprende cómo su hijo llegó hasta el lugar del fatal accidente. «No sabía nadar y además tenía miedo al agua», confesaba. Ayer por la mañana, el cuerpo del pequeño fue enterrado en el cementerio de Sestao. Y ahora, la única esperanza que albergan sus allegados, todas las personas que le conocían, es «saber algún día lo que ocurrió exactamente».
Investigación abierta
La investigación que ha abierto la Ertzaintza trata ahora de reconstruir los hechos. Según las primeras hipótesis, el pequeño, que había estado jugando con un amigo, pudo caerse desde una barandilla o bien atravesar la puerta que da acceso a la fosa, de unos 500 metros de largo y tres o cuatro de profundidad, que se encuentra en las inmediaciones de La Naval. La verja tenía un candado, pero había sido forzado. Según confirmaron fuentes municipales, «esta zona no pertenece a ninguna empresa en concreto, sino que forma parte de la pastilla industrial del enclave, por lo que no se le puede achacar la responsabilidad a ninguna empresa».
Lo único cierto hasta ahora es que el niño falleció por ahogamiento. La autopsia realizada al cuerpo ha descartado que muriera por una hipotermia, y tampoco ha encontrado signos de violencia en el cadáver. De hecho, según los vecinos, al pequeño le gustaba acercarse al paraje en el que apareció sin vida para contemplar los peces de colores que moraban en el arroyo.
Y allí encontró la muerte. Fue el miércoles. Desde ese día, la tristeza se ha colado por todos los rincones de la parte baja de Sestao. La dueña de un estanco situado a escasos metros de la vivienda de Raúl, en la calle Rivas, aún esperaba ayer que «como todos los días, el chaval apareciera de un momento a otro para jugar en el mostrador». «Era muy espabilado, hablaba como si tuviera 8 ó 9 años», recordaba Merche, con la voz quebrada por la emoción.
Siempre de la mano de sus bisabuelos, quienes «se desvivían por él», los vecinos del barrio le recuerdan como un «crío especialmente cariñoso». «Se hacía querer, era muy raro el día que pasaba por delante de la puerta de mi bar y no me saludaba», rememoraba Enrique García.





