
A esa hora, y nada más ver asomar las barbas blancas de Melchor por el vagón central, una inmensa marea de niños estallaba en gritos y aplausos. Después de un largo año de espera, los Reyes estaban, al fin, frente a ellos y las emociones, en forma de risa o de llanto, se desbordaban por primera vez en el día. Instantes después, los monarcas iniciaban su triunfal desfile por Dato a bordo de sendas glorias de la automoción. Melchor, en un Wyllys de 1929; Gaspar, en un Ford de 1927 y Baltasar, en un Citroën de 1922. ¿Su destino? El palacio de Villasuso, cuyo salón de actos se transformó ayer en una sala real de recepciones.
En audiencia privada con sus fans, Sus Majestades escucharon con atención los deseos de sus menudos seguidores. Todos, sin excepción, confesaban haber sido buenos. «Es verdad», confirmaba Baltasar. «Los informes que nos han pasado nuestros ayudantes son excelentes, por eso este año traemos muy poco carbón». La confesión le sonó a Ainara, de seis años, a música celestial. «Entonces, ¿me traerán todo lo que les he pedido?», le insistió la pequeña a su madre nada más despegarse del regazo de Baltasar. «Hombre, igual hay algo que no han podido encontrar, pero seguro que casi todo», respondió.
Dulces como anticipo
Unai Zabalza, 3 añitos, no pudo más que enmudecer cuando Melchor le plantó un beso en la mejilla. Después, el pequeño amagó un llanto pero, al final, los caramelos -mágicos, cómo no- del Rey evitaron el berrinche. Y es que los dulces fueron un año más el mejor anticipo posible a los regalos. Tanto en la recepción real, como en la espectacular cabalgata que, ya por la tarde, volvió a empujar a la ensoñación a niños y mayores.
El despliegue real repitió éxito de público y de participantes, con una comitiva integrada por unas 300 personas -la mitad que en años anteriores- y siete carrozas. Y el ritual anual para miles de familias vitorianas se saldó como era de esperar: con gritos, nervios y reclamos de atención para sus espléndidas Majestades. O eso se espera.
«¿Mamá, mamá! Me ha saludado, me ha saludado!», exclamó henchida María Guzmán al paso de la carroza de Melchor. ¿Significaría eso que el Rey de las barbas blancas atenderá todas sus peticiones? «Aunque muchas veces discuto con mi hermana, he sido buena y, además, saco muy buenas notas», se autopromocionó.
El desfile -que se completó con un nutrido cortejo de músicos, abanderados, caballistas y payasos- terminó por dinamitar, pasadas las ocho y media de la tarde, las energías de los miles de pequeños que hoy sacan jugo al día más mágico.









